20 enero 2026

Brodsky y el aburrimiento

(Joseph Brodsky)

"Una parte sustancial de lo que les espera va a ser reclamada por el aburrimiento....  el aburrimiento es un fenómeno complejo y en general producto de la repetición; parecería así que el mejor antídoto en su contra sería la constante inventiva y originalidad. Es lo que ustedes, jóvenes y despiertos, esperarían. Ay, pero la vida no va a darles tal opción, porque el medio principal de la vida es precisamente la repetición."

 "La sola noción de originalidad o innovación plantea la monotonía de la realidad corriente de la vida, cuyo medio -no cuyo idioma- principal es el tedio. En eso la vida difiere del arte, cuyo peor enemigo, como probablemente lo sepan, es el cliché. No es de extrañarse, pues, que el arte tampoco sirva para instruirlos en cómo manejar el aburrimiento."  

"Todo lo que muestra un patrón está impregnado de aburrimiento."

 ...Pueden dedicarse a cambiar de empleo, residencia, compañía, país, clima; podrán ensayar la promiscuidad, el alcohol, los viajes, las lecciones de cocina, las drogas, el psicoanálisis. De hecho, pueden juntar todas estas cosas y por un tiempo funcionarán.    

"No hay nada de malo en convertir la vida en una búsqueda constante de alternativas, en pasar por encima de empleos, cónyuges, ambientes, etc., siempre que uno pueda hacerse cargo de la pensión alimenticia y del enredo con los recuerdos. Este tipo de situaciones, al fin de cuentas, ha sido suficientemente idealizado en la pantalla y en la poesía romántica. El riesgo, no obstante, es que en menos que nada la búsqueda se vuelva una ocupación de tiempo completo, y que la necesidad de una alternativa acabe siendo comparable a la dosis diaria de un adicto. Pero hay otra salida. No mejor, quizás, desde su punto de vista, y no necesariamente segura pero recta y económica. Quienes entre ustedes hayan leído el poema "Del sirviente a los sirvientes" de Robert Frost, quizás recuerden un verso suyo: "La mejor manera de salir es siempre atravesar". Por eso lo que voy a sugerirles es una variante sobre el tema."

"Cuando el aburrimiento los golpee, entréguense a él. Que los aplaste, que los sumerja, toquen fondo. En general, con las cosas desagradables, la regla es: mientras más pronto toquen fondo más pronto volverán a flotar. La idea aquí, para parafrasear a otro gran poeta de la lengua inglesa, es mirar de frente a lo peor. La razón por la que el aburrimiento merece semejante escrutinio es que representa el tiempo puro, incontaminado, en todo su repetitivo, redundante y monótono esplendor.

 Para decirlo de alguna manera, el aburrimiento es nuestra ventana sobre el tiempo, sobre esas propiedades suyas que uno tiende a ignorar con peligro probable del propio equilibrio mental. En suma, es nuestra ventana sobre la infinitud del tiempo, es decir, sobre nuestra insignificancia en él. Esto es lo que cuenta, tal vez, en nuestro horror por los atardeceres solitarios y torpes, en la fascinación con la que a veces miramos una mota de polvo flotar en un rayo de sol, cuando en alguna parte repica un reloj, hace calor y nuestra fuerza de voluntad es nula. Una vez abierta esa ventana, no intenten cerrarla; déjenla, por el contrario, de par en par. Porque el aburrimiento habla el lenguaje del tiempo y va a enseñarles la lección más valiosa de la vida , la lección de su completa insignificancia. Será valiosa para ustedes, así como para aquellos con quienes se codeen. "Eres finito", les dirá el tiempo con voz de aburrimiento, "y hagas lo que hagas, desde mi punto de vista es fútil". 

 Pues el aburrimiento es una invasión del tiempo en nuestro repertorio de valores. Pone nuestra existencia en perspectiva, con un resultado neto que siempre implica precisión y humildad. La primera, debe notarse, engendra la segunda. Mientras aprendemos sobre nuestro propio tamaño, más humildes y más compasivos nos volvemos con nuestros semejantes, con ese polvo flotante en un rayo de luz o ya inmóvil sobre la mesa. ¡Ah, cuánta vida hubo en esas motas! No desde nuestro punto de vista, sino desde el de ellas. 

Nosotros somos para ellas lo que el tiempo es para nosotros; por eso es que parecen tan pequeñas. ¿Y saben lo que dice el polvo cuando lo limpian de la mesa? "Recuérdame", susurra el polvo. Nada podría estar más lejos de la agenda mental de ustedes, jóvenes y despiertos, que el sentimiento expresado en estos dos versos por el poeta alemán Peter Huchel, ya muerto. Lo he citado porque me gustaría inculcar en ustedes la afinidad con las cosas pequeñas -semillas y plantas, granos de arena o mosquitos-, pequeñas pero numerosas. 

 Si se necesita un aburrimiento que paralice la voluntad, bienvenido el aburrimiento. Somos insignificantes porque somos finitos. Pero mientras más finita es una cosa, más cargada está de vida, emociones, dicha, temor, compasión. Pues el infinito no es ni muy vivo ni muy emocional. Nuestro aburrimiento nos enseña al menos esto, porque nuestro aburrimiento es el aburrimiento del infinito."

 Respétenlo, entonces, por sus orígenes, como por los de ustedes mismos. Porque es la anticipación de ese infinito inanimado la que da cuenta de la intensidad de los sentimientos humanos, que a menudo conducen a la concepción de una nueva vida. Eso no quiere decir que ustedes hayan sido concebidos en el aburrimiento, o que lo finito engendre lo finito (aunque ambas cosas pueden resultar ciertas). 

Es más bien para sugerir que la pasión es el privilegio del insignificante. Por lo tanto, traten de mantener la pasión, dejen la frialdad para las constelaciones. La pasión es, ante todo, un remedio contra el aburrimiento. Otra cosa, por supuesto, es el dolor -físico más que psicológico-, que suele ser consecuencia de la pasión; aunque no les deseo ninguno de los dos. Aun así, cuando sentimos dolor sabemos que al menos no hemos sido engañados (por el cuerpo o por la psique). De ahí que lo bueno del aburrimiento, de la angustia y del sentimiento de la insignificancia de la existencia, de todas las existencias, sea que no entrañan un engaño. 

Pueden ensayar también las novelas de detectives o las películas de acción -algo que los deje donde no han estado antes verbal/visual/mentalmente-, algo que se sostenga, aunque sólo sea durante un par de horas. Eviten la televisión, especialmente el cambio de canales: es la redundancia encarnada. Pero si fracasan estos remedios, déjenlo entrar, "arrojen su alma a la creciente oscuridad". Traten de abrazar, o déjense abrazar por el aburrimiento y la angustia, que de todas maneras son más grandes que ustedes. Sin duda les parecerá sofocante, pero traten de soportarlo cuanto puedan, y a veces más. Ante todo, no piensen que se equivocaron en algún momento, no traten de rehacer sus pasos para corregir el error. No, como dijo el poeta, "crean en su dolor". 

  Aun así, habrá muchas horas oscuras y, lo que es peor, sosas, causadas tanto por el mundo exterior como por sus propias mentes.  Pues el que les espera es un viaje notable pero fatigoso; hoy están abordando, por así decirlo, un tren fuera de control. Nadie puede decirles lo que les espera en adelante, mucho menos aquellos que quedan atrás. Hay algo, sin embargo, que pueden asegurarles, y es que no se trata de un viaje de ida y vuelta. Intenten, por lo tanto, extraer alguna comodidad de la noción de que por intragable que sea ésta o aquella estación, el tren no se quedará allí para siempre. Por consiguiente, nunca estarán varados, ni siquiera cuando así lo sientan; porque este lugar se convierte hoy en su pasado. De ahora en adelante se les irá perdiendo, ya que el tren se halla en constante movimiento. El lugar se irá desvaneciendo, incluso cuando sientan que están varados... De manera que échenle una mirada cuando todavía tiene su tamaño natural, mientras todavía no es una fotografía. Mírenlo con toda la ternura de que sean capaces porque están mirando su pasado. Extraigan, por decirlo así, la mejor mirada posible. Dudo que vayan a encontrar algo mejor que eso.

09 enero 2026

Algo va a ocurrir

(Michel Houellebec)
He vivido tan poco que tengo tendencia a pensar que no voy a morir; parece inverosímil que una vida humana se reduzca a tan poca cosa: uno se imagina, a su pesar, que algo va a ocurrir tarde o temprano. Craso error. Una vida puede, muy bien, ser vacía y a la vez breve. Los días pasan pobremente, sin dejar huella ni recuerdo y después, de golpe, se detienen.
Otras veces tengo la impresión de que conseguiría instalarme de forma estable en una vida ausente. Que el hastío, relativamente indoloro, me permitiría seguir llevando a cabo los gestos habituales de la vida. Nuevo error. El hastío prolongado no es una posición sostenible: antes o después se transforma en percepciones claramente más dolorosas, de un dolor positivo; es exactamente lo que me está pasando.
(Michel Houellebecq)

06 enero 2026

Formas de negacionismo y el fin del mundo

 

(Deborah Danowski y Eduardo Viveiros de Castro)

Con todo, cada vez se da una mayor negación del fenómeno de cambio climático.

Deborah Danowski: El negacionismo va a más en todo el mundo, sobre todo en Estados Unidos con la administración Trump; y en Brasil, con Bolsonaro, aunque ha disminuido desde que gobierna Lula. Pero hay varias formas de negar. Cuando escribimos el libro, el negacionismo en Brasil era más bien indiferencia y desprecio por el tema. Creo que hoy esta sigue siendo la forma predominante, aunque hay una extrema derecha que niega públicamente las evidencias. Además de los que niegan completamente el calentamiento global, están los que reconocen el fenómeno pero no le atribuyen autoría humana; los que lo reconocen pero creen que se puede resolver con soluciones tecnológicas, y luego están los que se piensan entre los fieles que serán «arrebatados» el día del juicio final.

En cuanto a las razones de la negación, pueden deberse a la ignorancia, a creencias religiosas, o al interés monetario o político de una élite que en privado sabe lo que ocurre pero antepone el beneficio que aún puede acumular, ya sea extrayendo y quemando combustibles fósiles, o explotando minerales, exportando enormes cultivos agroindustriales, deforestando, etc. Observemos que puede darse un refuerzo mutuo entre estas diferentes formas; por ejemplo, el que niega por interés económico puede apoyar el negacionismo religioso para proseguir con su política de extracción de recursos, y el segundo para acelerar la llegada de su reino de Dios. Para los que creen en el advenimiento del arrebatamiento, la destrucción del planeta y el caos político son pruebas de ese fin cuya aceleración desean. Y no olvidemos a los llamados aceleracionistas, que afirman que la aceleración de las crisis del capitalismo permitirá la revolución y la instauración de un mundo mejor.

Por último, es importante separar el negacionismo de la indiferencia, que es otra forma de negación, pero que, en mi opinión, mezcla una forma de negacionismo climático con una especie de autonegación y huida de la realidad.

Bruno Latour sentenció respecto al cambio climático que todo va tan rápido que no se puede acompañar.

Deborah Danowski: Solíamos pensar que la historia se limitaba al ámbito humano, mientras que la naturaleza no tenía historia, o como mucho cambiaba tan lentamente que los efectos de esos cambios eran insignificantes para las acciones políticas. La agencia era un don de los sujetos y las sociedades humanas, y la inercia una ley de los cuerpos naturales, es decir, de los objetos.

Con el Antropoceno, sin embargo, estamos asistiendo a la inversión de esta relación: mientras la crisis climática se acelera cada vez más y el comportamiento del clima sorprende incluso a los científicos de la Tierra, la política parece incapaz de cambiar o, si lo hace, es en la dirección de la huida y negación de la realidad, como estamos viendo muy claramente con la administración Trump, que cree que puede detener el calentamiento global con muros y expulsando a los extranjeros no blancos de su país. Eso en sí mismo es una catástrofe, así que también podemos decir que la catástrofe climática y la catástrofe política van ahora de la mano. Son dos catástrofes en resonancia.

¿Qué lectura se hace del fin del mundo y de la catástrofe climática desde las cosmologías indígenas, Eduardo? ¿Por qué esta deriva eco-suicida?

Eduardo Viveiros de Castro: En la tradición popular indígena, cuando acaba el mundo viene otro, no hay un reino celeste en el cual nos reuniremos, como en las concepciones monoteístas sobre las cuales se construye el pensamiento occidental. En las cosmologías indígenas el final nunca es definitivo, sino que tienen una idea de fines cíclicos, de sucesión de diferentes mundos y de reaparición de mundos. Este en el que vivimos acabará. La caída del cielo, como dice el chamán yanomami Davi Kopenawa, significará el agotamiento de los recursos. El cielo caerá porque ya no tendrá soporte. Pero siempre hay mundos por venir. Aparecerán otras especies, otras humanidades completamente diferentes a la nuestra. En los relatos indígenas, en este nuevo reaparecer no estarán los blancos. Los indígenas sí estarán, pero no los blancos.

En relación a lo que señala Déborah: desde que escribimos el libro en 2014 las cosas solo han empeorado. La posibilidad de fin de mundo es hoy más viable que nunca. No del fin del mundo, sino del fin de nuestro mundo. La ciencia ya ha imaginado el mundo anterior a la aparición del ser humano sobre la Tierra. Ahora tenemos que imaginarnos un mundo de después de la humanidad, cuando esta llegue a su fin. En referencia al eco-suicidio que nos amenaza, hay especies que dejan de procrear y que buscan su final. Lo mismo en la especie humana: hay quien busca agravar la crisis como si esta fuera su salida. También están los tecno-capitalistas, que piensan que pueden sobrevivir al desastre climático. En general, unos y otros quieren que la humanidad se convierta en algo menos importante.

Los primeros que van a perder el mundo son los pobres, porque el capitalismo ya no los necesita. Se está produciendo el exterminio por omisión —dejar morir es una forma de necropolítica— y exterminio por acción, como el de Israel en Gaza. Lo que los tecno-capitalistas buscan es crear Estados-empresa en sustitución del Estado-nación, para el disfrute de una élite. Hay muchos fanáticos y psicópatas gobernando el mundo. ¡Como si ellos sí pudieran escapar!

Preguntabas quién puede ver con entusiasmo la perspectiva del fin del mundo tal y como lo conocemos. Volvamos a la cuestión de la excepcionalidad, la idea según la cual podemos pasar de ser monos, que es de donde venimos, a ser seres divinos celestes, ángeles. Esta idea está detrás de pensadores californianos que creen en la migración de sus cuerpos en máquinas, que los convertirá en seres inmortales para conseguir superar la condición orgánica, la condición animal: ser ángeles mecánicos. Esta es una medida que se está implementando, y además de forma seria, en Silicon Valley por parte de los tecno-fascistas. Son ideas propias de una mentalidad neocolonial y sus proyectos solo pueden construirse si verdaderamente destruimos el mundo. Y parece que sí, que hay intereses en destruirlo.

(Jot Down: Entrevista a Eduardo Viveiros de Castro y Deborah Danowski)










28 diciembre 2025

Viajar la manera mas aceptada de joder el mundo

(Foto Klearchos Kapoutsis)

Hay un momento, justo antes de sacar el billete de avión —siempre con ese vértigo de quien siente que está a punto de cometer un acto moralmente discutible pero socialmente premiado— en el que una debería detenerse a pensar si lo que está comprando es realmente un desplazamiento o, más bien, una forma particularmente sofisticada de extractivismo emocional, una operación estética mediante la cual nos apropiamos del aura ajena del mismo modo en que las viejas potencias europeas saqueaban minerales, paisajes y vidas. Solo que al viajar el botín no se empaqueta en contenedores, sino en una colección de sensaciones que registramos en el móvil para demostrarnos, y demostrarle al mundo, que seguimos siendo personas que sienten cosas con lugares lejos del de su origen.

El turismo —esta monstruosidad contemporánea que combina la ingenuidad del explorador amateur con la codicia silenciosa del inversor inmobiliario— se ha convertido en la industria más eficaz de todas las que operan sobre la sensibilidad, porque vende emociones ya precocinadas, experiencias calibradas para que el visitante crea que está viviendo algo irrepetible cuando, en realidad, se trata de un menú degustación de identidades locales preparadas para gustar sin molestar, para parecer auténticas sin correr el riesgo de serlo. Y aquí estamos todas —yo también, tú también— convertidas en arqueólogas cutres que recorren ciudades ajenas con el ansia de quienes necesitan sentir un golpe de realidad aunque sea un golpe manufacturado. Porque lo que mueve al turista cultural moderno no es la curiosidad, ni la voluntad de comprender, ni siquiera el viejo deseo romántico de perderse en tierras extrañas, sino algo mucho más primario: la necesidad de llevarse a casa una especie de souvenir interior, una emoción que parezca intensa y que pueda exhibirse, aunque se desvanezca en cuanto la ciudad se cierre sobre sí misma y siga viviendo sin nosotros. Viajar, hoy, consiste en extraer vivencias que no nos pertenecen, en alquilar una parcela diminuta del alma de una ciudad que no pide ser entendida, solo sobrevivir.

Y, sin embargo, seguimos haciéndolo, porque la maquinaria cultural que rodea al turismo nos convence de que desplazarse es sinónimo de ilustración, de apertura, de esa espiritualidad difusa que una alcanza cuando interpreta el acto de caminar por calles ajenas como si fueran un escenario diseñado para nuestro crecimiento interior. Somos, sin quererlo, personajes secundarios convencidos de ser protagonistas, vampiros emocionales de baja intensidad que recorren barrios gentrificados buscando intensidad en geografías agotadas.

Cuando viajamos ejercemos una violencia suave —pero violencia al fin y al cabo— al convertir las ciudades en recipientes de nuestra necesidad de significarnos. No es una acusación personal, sino un diagnóstico: incluso cuando viajamos con respeto, viajamos dentro de un sistema que solo entiende el mundo como algo que debe servirnos. Y ahí empieza todo el desastre.

Lo más perverso de este proceso —y lo más invisible para quien llega con la ilusión de vivir «la ciudad real», ese eufemismo sentimental que sirve para justificar cualquier intromisión— es que las ciudades ya no existen para sí mismas sino para el visitante. No porque los habitantes lo hayan decidido, sino porque la presión inmobiliaria, la industria del ocio y la lógica global del «haz que tu ciudad sea rentable» han ido desmontando, pieza a pieza, cualquier posibilidad de que un barrio se pertenezca a sí mismo. Barcelona es el laboratorio perfecto de esta mutación: un ecosistema que, expulsado de su identidad por la acumulación de capital turístico, ha sido reconfigurado como escenario de intensidad mediterránea, un parque temático de callejones bien iluminados, cafeterías con estética de barrio que jamás fueron barrio y pisos turísticos que proliferan con la rapidez de un tumor benigno en apariencia pero devastador en su crecimiento. El visitante camina por la calle creyendo que participa de una vida nocturna genuina mientras el vecino que vivía encima ha sido expulsado por un alquiler multiplicado por tres. Y nadie ve el cadáver que hay debajo del decorado.

Madrid, más sobria en su manera de venderse, juega a un teatro todavía más cínico: el de la ciudad que se proclama capital de la libertad mientras entrega sus calles a fondos buitre que compran edificios enteros en operaciones infames con la complicidad de su gobierno , mientras permite que el dinero de narcos, evasores y fortunas opacas se lave discretamente en promociones inmobiliarias que multiplican por diez el precio de cualquier piso. Madrid ha convertido la vivienda en un casino vertical donde las reglas cambian cada año a favor del apostador más feroz, mientras los servicios públicos se vacían, se privatizan o se degradan hasta la extenuación para justificar que «no funcionan», y la hostelería usufructúa el espacio público como si fuera un acto natural de su existencia: terrazas que ocupan aceras, calles secuestradas por la estética del consumo perpetuo, ruido elevado a categoría moral. La libertad, en esta versión madrileña, es simplemente la libertad del zorro cuando se le abre la puerta del gallinero. Y el turista —que llega hipnotizado por una ciudad que dice no dormir nunca— no ve el cadáver urbano sobre el que pisa, porque la mercadotecnia ha hecho un trabajo perfecto: convertir la depauperación en ambiente, el saqueo en «vibras», la desigualdad en «autenticidad castiza».

Málaga, por acabar con otro caso particular, se ha convertido en el ejemplo más obsceno de transformación turística acelerada: una ciudad que se vendió al cuento de la «cultura accesible», del «nuevo Soho», del «hub tecnológico», y que hoy es un circuito de museos de marca, restaurantes que replican recetas globalizadas y barrios donde los precios se han vuelto impronunciables para cualquier malagueño que no haya nacido con el privilegio de una herencia. Aquí la figura del nómada digital adquiere su forma más acabada: el profesional cosmopolita que llega con su sueldo de empresa extranjera, alquila un estudio a precio de oro, exige «espacios creativos» donde antes había un ultramarinos, y contribuye a la expulsión progresiva de cualquiera que no pueda competir con su poder adquisitivo. Málaga se ha convertido en el tablero perfecto para esta nueva oleada de colonización amable: coworkings donde antes había vida de barrio, cafés que simulan autenticidad artesanal, pisos turísticos camuflados como viviendas, todo envuelto en un clima que solo parece local cuando sopla el terral. La ciudad ya es un escaparate. Cambia de piel tan deprisa que a veces da la impresión de que lo único verdaderamente suyo que queda es el terral. Todo lo demás está diseñado para resultar familiar a la mirada turística.

La mutación urbana no es un accidente ni una fatalidad del capitalismo tardío. Es un proyecto con nombres, apellidos y cuentas corrientes beneficiadas, una operación sostenida por gobiernos que legislan para que los fondos buitre babeen arrastrando los pies por la alfombra roja, por alcaldías que reducen la ciudad a un producto explotable, por normativas diseñadas para premiar al visitante y castigar al vecino. Es especulación calculada. Es una fe casi religiosa en el turismo como motor económico, aunque ese motor funcione quemando a quienes sostienen la vida real del barrio. Y es, también, la manía contemporánea del viajero que necesita desplazarse constantemente para confirmar que sigue vivo, aunque el precio de esa comprobación lo pague siempre otro. El visitante llega buscando una emoción y la ciudad aprende a fabricarla, a reproducirla en serie, a desnaturalizarse hasta parecer un holograma de sí misma con tal de mantener abierto el grifo del dinero fácil.

Por eso las urbes han sustituido su pulso por un mandato económico disfrazado de hospitalidad: que el visitante se sienta vivo, que el visitante se sienta especial, que el visitante se sienta en casa. Y como para que uno se sienta en casa otra debe marcharse, la ciudad sacrifica sin pestañear todo lo que la hacía verdaderamente suya: sus ritmos, sus precios, sus calles vividas, sus ruidos y silencios, su conflicto, su memoria. Todo queda reducido a un decorado amable al gusto del último algoritmo que dicta qué rincón debe convertirse hoy en escenario.

Incluso el viajero que se esfuerza en actuar con cuidado (si es que ese existe y no es otro personaje de Pantomima Full) acaba dentro del mismo engranaje, porque el turismo ha perfeccionado la capacidad de convertir cualquier gesto ético en parte del negocio. Las ciudades ofrecen «experiencias responsables», «rutas sostenibles», «consumo local certificado»: es la misma lógica de siempre envuelta en una pátina amable para tranquilizar conciencias. Nada cambia en el fondo, cambia el envoltorio. No es una cuestión de intenciones individuales. Es la estructura. El visitante, por bien que actúe, activa la maquinaria económica que encarece el barrio, desplaza actividades esenciales y transforma la ciudad en función de su mirada. Y la ciudad, que ha aprendido a interpretar la sensibilidad del turista bohemio, reproduce una autenticidad a medida: mercados «artesanales» sin artesanos, diversidad empaquetada para la foto, barrios convertidos en decorado pedagógico. Viajar con buenas intenciones no detiene el proceso, simplemente lo hace más rentable. El sistema absorbe incluso la delicadeza y la convierte en producto.

Y si el turismo tradicional ya convertía las ciudades en productos, el turismo guiado por algoritmos las reduce a un tablero donde cada esquina compite por aparecer en una foto. Instagram decide qué calle «tiene alma», aunque sea un tramo de acera que jamás interesó a nadie antes de que un creador de contenido lo declarara «imprescindible». TikTok transforma descampados, murales improvisados y cafés anodinos en «spots poéticos» durante quince días, tiempo suficiente para atraer una riada de visitantes que colapsan el lugar antes de que la moda gire hacia otro punto del mapa. Y Google Maps, con sus puntuaciones que parecen objetivas, certifica qué bar ofrece «auténtica cocina local», aunque la mitad del menú haya sido diseñado para agradar a la mirada turística. La ciudad ya no se adapta al visitante, se adapta al algoritmo que predice lo que el visitante querrá fotografiar dentro de dos semanas. Los barrios se reorganizan para cumplir con ese imaginario, se pintan murales para que parezcan espontáneos, se abren locales que simulan haber existido siempre, se programan experiencias que encajan en la narrativa digital del momento. Todo ocurre antes de que el viajero llegue; la autenticidad es un producto que se fabrica de antemano.

El resultado es una geografía condicionada por la foto, la visita de dos minutos, la estética del consumo rápido. Las ciudades ya no compiten en calidad de vida, sino en «viralidad potencial», en número de rincones preparados para convertirse en contenido.

Después de recorrer este paisaje de ciudades agotadas, barrios convertidos en parque temático y vidas expulsadas en nombre de la «experiencia», queda una conclusión incómoda: quizá la única manera honesta de viajar hoy sea, sencillamente, no viajar. No como renuncia monástica ni como gesto de virtud pública, sino como un acto mínimo de responsabilidad. Dejar de participar —aunque sea por un rato— en la rueda que convierte la vida ajena en un estímulo consumible. No viajar como gesto de humildad, como una forma de mirar el mapa y reconocer que no todo lugar está esperando recibirnos, que no toda ciudad quiere ser escenario, que hay sitios cuya verdadera protección consiste en nuestra ausencia. No viajar porque viajar, tal y como se fomenta, es una maquinaria que devora la vivienda, prostituye la cultura y convierte la memoria de los lugares en una postal que se renueva cada temporada. No viajar porque el planeta está cansado de servir de plató y las ciudades están cansadas de funcionar como pista de aterrizaje emocional para visitantes que confunden hospitalidad con disponibilidad ilimitada. Viajar, en este sentido, es una forma muy pulida de extractivismo sentimental.

Y ya que estamos hablando de medidas imaginarias pero necesarias, lancemos la propuesta más razonable de todas: prohibir viajar a los ricos. No por justicia poética —que también—, sino por salud urbana. Que se queden en sus paraísos fiscales, en sus chalés bunkerizados, en sus hoteles de siete estrellas, donde no pueden hacer daño más allá de su propio eco. Que no circulen, que no roten, que no exporten su poder adquisitivo devastador. Las ciudades necesitan un respiro, y nada oxigena más que la ausencia del dinero sucio.

Viajar menos no salva el mundo, pero lo jode un poco menos. Y con eso tendría que bastar.

27 diciembre 2025

Un fascista es alguien que está seguro de ser el bueno de la película.


(Timothy Morton)

P: Usted analizó un concepto interesante, los hiperobjetos. ¿Puede explicar qué son?

R: Un hiperobjeto es algo tan físicamente enorme y duradero que solo podemos experimentarlo en diminutas porciones. Puedes pensar sobre ello, incluso llegar a entenderlo, pero si intentas medirlo o calibrarlo solo lo logras con porciones casi insignificantes. Un hiperobjeto agradable es la biosfera de la que nacimos. Otro distinto es la interacción humana con la inteligencia artificial o el calentamiento global. Necesitas una capacidad masiva de procesamiento para mapear todas sus secuelas en tiempo real.

P: Vd. afirma que el infierno en la Tierra es real. Culpa al petróleo, al cristianismo evangélico y a la supremacía blanca.

R. Un fascista es alguien que está seguro de ser el bueno de la película. Pero ser una buena persona implica estar un poco preocupado por si en realidad resulta que eres el malo. Al hablar de fascismo me refiero a lo que considero que hoy es la norma. No es algo nuevo, lleva miles de años en marcha. Antes eran los tiranos, los faraones. Hoy no son la excepción, sino la norma. Y lo son por el tipo de estructuras sociales de las que nos hemos dotado, que se basan en jerarquías de dominación. 

P. ¿Cómo es el infierno que describe?

R. Las religiones del mundo han imaginado lo que llaman la vida después de la muerte. El infierno sería como una especie de campo de concentración eterno. Y sería un lugar solo para personas malas. Y el cielo sería el equivalente para las personas buenas. Y toda esta idea proporcionó el modelo para Estados Unidos, donde vivo, por poner un ejemplo. A todos los efectos, es un gigantesco campo de concentración o una plantación que genera valor esclavizando a otros seres humanos, y utilizando a seres no humanos de manera totalmente gratuita. Quienes ejercen este poder son, en su mayoría, personas anglosajonas blancas. Personas como yo que para tener su propio paraíso crearon el infierno para el resto. Y ahora todos estamos atrapados en él. Vivimos en una sociedad de amos y siervos que es también un hiperobjeto.

P. ¿Hay escapatoria?

R. Lo primero es poder verlo. Darnos cuenta de que formamos parte de este infierno. Y la única salida es crear un paraíso. Y para ello te tienes que juntar con otros seres que también quieran mejorar el planeta. Te puedes juntar con dos, con cinco, con seis millones, da igual la cifra. Tenemos que salir de esta lógica de campo de concentración global.

P. En Ecologia oscura rechaza la idea de la naturaleza prístina.

R. La mera idea de una naturaleza virgen es un sueño violento, la fantasía de un pederasta. La forma de hablar romántica de la naturaleza es violencia. Si quieres un mundo que esté más allá de la violación, no puedes pensar en términos de perfección. Parte de lo que hago es explicar que ser ecologista implica desmantelar el racismo, la misoginia, la homofobia, la transfobia. Para proteger el Amazonas primero tienes que destruir el racismo que habita en ti.

P. ¿Cómo ha cambiado la conciencia ecológica?

R. Cuando era un niño, a finales de los años setenta, la ecología sonaba como algo utópico, como un viaje de LSD. Hoy en día es como si todos fuéramos obligados a tomar LSD y tuviéramos un mal viaje. Hemos pasado de un buen viaje a un viaje horrible. Y esto empezó a pasar hace unos 15 años.

P. Hace un mes se cerraba la última cumbre del clima sin ser capaz de recoger el daño que hacen los combustibles fósiles.

R. Es como si el coyote cayera por un precipicio, pero no se diera cuenta de que está en plena caída. Hablan, y hablan, y hablan cuando lo único que hay que hacer hoy es destruir el fascismo. Es el enemigo público número uno. Y tenemos que reimaginar el espacio social para crear un mundo mejor para todos.

22 diciembre 2025

Aniversario

 

En ese tiempo en que se celebraba mi cumpleaños,
yo era feliz y nadie se había muerto.
En la antigua casa, hasta eso de los cumpleaños era una tradición de siglos,
y la alegría de todos, y la mía, era tan verdadera como cualquier religión.
En ese tiempo en que se celebraba mi cumpleaños,
yo tenía esa gran salud que es no entender nada de nada,
ser inteligente en familia
y no abrigar las esperanzas que los otros depositaban en mí.
Cuando llegué a tener esperanzas, ya no sabía tener esperanzas.
Cuando llegué a mirar la vida, había perdido el sentido de la vida.
Sí, el que fui supuestamente para mí mismo,
el que fui por corazón y parentesco,
el que fui en esas veladas de ciudad pequeña,
el que fui por ser amado y ser un niño,
el que fui, ¡ay Dios mío!; El que tan sólo ahora sé que fui…
¡Qué distancia ahora!…
(Ni un eco ya…)
Ese tiempo en que se celebraba mi cumpleaños.
El que soy hoy es como humedad al final del pasillo de la casa,
germinando en las paredes…
El que soy hoy (y la casa de los que me amaron tiembla a través de mis lágrimas),
el que soy hoy es que hayan vendido la casa,
que todos ya estén muertos,
Sobrevivirme a mí mismo como un fósforo apagado…
En ese tiempo en que se celebraba mi cumpleaños…
¡Qué amor el mío, como por una persona, por ese tiempo!
Deseo físico del alma de encontrarse allí otra vez,
por un viaje metafísico y carnal,
con una dualidad de yo para mí…
¡Comer ese pasado como un pan para hambre, sin tiempo para retener mantequilla en los dientes!
Lo veo todo con tal nitidez que me ciega para lo que hay aquí…
La mesa puesta con más sillas, con la valija de los mejores dibujos, con más vasos,
el aparador con más cosas –mermeladas, frutas, y lo demás, protegido, en la parte alta–,
las tías viejas, los primos diferentes, y todo era para mí, en ese tiempo en que se celebraba el día de mi cumpleaños…
¡Para, corazón!
¡No pienses! ¡Deja los pensamientos en la cabeza!
¡Dios mío, Dios mío, Dios mío!
Hoy ya no cumplo años.
Duro.
Se me añaden días.
Seré viejo cuando lo esté.
Nada más.
¡Qué rabia no haberme traído el pasado robado en un bolsillo!
¡Ese tiempo en que se celebraba el día de mi cumpleaños! …

(Fernando Pessoa)

23 noviembre 2025

Gloria Fuertes y la soledad

       

(Gloria Fuertes)

Estoy soltera,
no soy soltera.

Al atardecer, me chilla la soledad
y es el ruido más soportable
de todos los que existen.

Me estoy quedando sorda.
Me quedé soltera
y en vez de yesar santos
o desvestir santas
me visto a deshora.

Vivo en un intranquilo paraíso,
mis amigas casadas
viven en un tranquilo infierno,
afortunadamente me quedé soltera por circunstancias
luego por vocación.

Tuve aventuras ocasionales.
Cesó la lucha cuerpo a cuerpo con la soledad
si ahora me veis cuerpo a cuerpo con ella
es unidas en un abrazo
no pasional sino confortable.

(Gloria Fuertes: Es dificil ser feliz una tarde)

22 noviembre 2025

Los dias excepcionales y el coraje de saber perderlos decorosamente tras haberlos vivido

(Leila Guerriero)
Tengo un amigo que dice frases extraordinarias sin intención de que sean extraordinarias. Las va soltando acá y allá, involuntariamente, como pinceladas virtuosas. En plena pandemia, y después de mucho tiempo sin poder hacerlo, fue hasta el microcentro de Buenos Aires y me hizo un reporte de ese sitio que entonces nos resultaba tan lejano como Manila: “Están las cosas, pero hay algo que no está. Es como si se estuviera haciendo el ensayo de una obra, pero todavía no es el estreno y no se sabe cuándo va a ser”.

 Hace poco, después de una seguidilla de días preciosos, me dijo: “Necesito que llueva. Los días lindos son tan exigentes”. No hay palabra más exacta: exigentes. Esos días parecen recordarnos que es imposible que se repitan translúcidos, coralinos, uno tras otro y al infinito. Parecen recordarnos que en algún momento vendrán un frente frío, un frente cálido, lluvias, vientos del Norte o del Sur. Quizás es que en la belleza extrema anida el recordatorio de la corrupción. Cuando los días son así, lisos, exuberantes, surge la necesidad, la exigencia de “aprovecharlos”. 

De salir al día como si fuera un palacio abierto sólo en momentos excepcionales, como esos edificios magníficos que se abren una vez cada cuatro años y exhiben sus maravillas durante algunas horas para cerrarse otra vez y permanecer ausentes cuatro años más. Hay unos versos de Mary Oliver que dicen: “No me quiero perder un solo hilo / del suntuoso brocado de esta felicidad. / Quiero acordarme de todo". Pero nadie puede acordarse de todo. 

Habitar lo excepcional requiere de resignación: hay que entender que eso sólo permanecerá vivo en la memoria hasta el próximo encuentro, que no está garantizado. Supongo que es, en parte, lo que nos hace ir hacia adelante: la ilusión de encontrar otro día excepcional en el futuro y tener el coraje de saber perderlo decorosamente después de haberlo vivido.

02 noviembre 2025

Dahlia de la Cerda.La narracion de una herida abierta

(Dahlia de la Cerda)

¿El feminismo ya fue?
Pensar que la única opresión, o la más importante, es la discriminación por tener panocha entre las piernas, es de mujeres blancas, de clase media o alta. Las demás no solo enfrentamos sexismo. Cuando te topas con un feminismo abolicionista, racista, islamofóbico, transfóbico, que solo entiende la opresión a través del sexo-género, a veces sí hay que decir: ya fue. No porque no nos violenten, sino porque ese feminismo ya no alcanza.

¿Cómo le haces para que tus libros hablen como la gente?
Yo hablo así. No me interesa mimetizarme con lo hegemónico, sino visibilizar la belleza del habla cotidiana. Porque no es lo mismo decir “mi mamá era muy trabajadora” que decir “mi jefa era bien camello”. Eso es poesía. Si fuera una escritora blanca de clase media haciendo turismo en el barrio, trayendo el slang como souvenir para la literatura, nadie se escandalizaría. Pero que alguien del barrio use el lenguaje del barrio para narrarse a sí misma, eso sí les arde.

¿Qué es ser antisistema?
Para mucha gente ser antisistema es no venderse a las transnacionales, ser autogestiva, publicar solo con editoriales independientes, vivir en comunidad, comer orgánico, esas cosas. Pero, para mí, ser antisistema es otra cosa. No es un discurso. Es una herida abierta que decidí narrar. Es ser lo que nunca se esperó que fuéramos. Y estar donde se supone que no deberíamos estar. Y hacerlo bien. Y hacerlo con rabia, con técnica, con amor. Con calle. Y con memoria.

¿Te importa tu reputación?
Es cierto lo que decía Virginie Despentes: el miedo a perder la reputación es un lujo burgués. Yo vengo de no tener reputación. Pero ahora que la tengo, claro que me lo pienso. Porque no solo me afecta a mí. Yo he visto cómo mi reconocimiento también le ha dado paz y dignidad a mi esposo. Así que sí, estoy aprendiendo a controlarme. Pero es difícil. La misma gente que me critica por ser chola me sale con: “Ay, mucha calle y cero PDF [sin estudios reglados]”. Pues no. Tengo PDF y tengo calle. Y en los dos me la pelas. Y eso, Gaby, es justo lo que más les duele.

(Dahlia de la Cerda)


01 noviembre 2025

El intento de borrar el concepto de clase social

(Didier Eribon)
No son solo los votantes del Partido Comunista quienes se pasan a la extrema derecha, sino los votantes de la clase trabajadora en el sentido más amplio del término. Es un movimiento muy significativo de izquierda a derecha y a la extrema derecha. Lo que cuento en Regreso a Reims es que mis padres, toda mi familia en realidad, todos de clase trabajadora, siempre habían votado por el Partido Comunista, y de repente habían empezado a votar por la extrema derecha. En el libro me pregunto: “¿Qué ha pasado?” Y la explicación que hallé fue que la desaparición del Partido Comunista, que se debió a razones históricas, dejó sin representación a su clase social. Y quien debía tomar el relevo como ideología de referencia, la izquierda institucional tradicional y los partidos socialdemócratas, los descuidaron por completo.

En Francia, en Reino Unido, en Alemania, en Italia, incluso en España y en muchos países más se olvidaron de las clases populares y en especial de la clase trabajadora porque la socialdemocracia se ha convertido a la agenda neoliberal. Y esta conversión ha sido radical y absoluta: intentaron borrar el concepto mismo de clase social de su diccionario. Para los partidos socialdemócratas, ya no existía la clase, simplemente había individuos responsables de sus propias vidas.

¿Es la individualización de lo colectivo la mayor arma del ultraliberalismo?
Sin duda es un arma importante, porque lo cierto es que la idea de la responsabilidad individual, obviamente, es una forma de rechazar los movimientos sociales, las movilizaciones, las reivindicaciones de las clases trabajadoras. Y, claro, dichas clases dejan así de sentirse representadas por la izquierda, no encuentran quien atienda sus reclamaciones. Entonces hacen lo que cabría esperar, ya que la izquierda deja de representarles: optan por votar por otro partido que se proclama el verdadero representante de la clase trabajadora y que dice que les defiende de la casta elitista intelectual y explotadora.

¿El de la extrema derecha es un discurso que funciona porque tiene una agenda social o porque es antisistema?
Obviamente, porque es antisistema, porque va contra las élites que han dejado tiradas a las clases populares y contra, en teoría, los más ricos y sus muchos privilegios, esto funciona. Pero, claro, es un discurso falso, con una supuesta agenda social que nunca termina de convertirse en leyes porque en cuanto le toca votar, AN siempre lo hace con la derecha liberal y en contra de las medidas que implican subir los impuestos, que son las que favorecen a los trabajadores.

Entonces, ¿cómo consigue el lepenismo conectar con el sentir obrero?
Porque sustituye en su discurso el “soy obrero” por el “soy francés”. Cuando era niño, en mi familia todos decían: “Nosotros los trabajadores o nosotros la clase trabajadora”. Y luego, 20 o 30 años después, la misma gente empezó a decir: “Nosotros, los franceses”. Sin duda hay un cambio en el sentimiento de pertenencia, pero siempre desde la perspectiva de ser trabajadores que han sido olvidados por las élites que dirigen el país. De esta forma, los votantes de extrema derecha siempre dicen “nosotros los trabajadores”, “nosotros los precarios”, etc., pero esta sensación de agravio está asociada ahora con la percepción de uno mismo como francés, una víctima de la inmigración masiva.

Y se cambia como enemigo al capitalismo por la inmigración...
No exactamente. El enemigo exterior siempre es el capitalismo. Es el capitalismo el que trae a los inmigrantes y quien les da dinero para que se queden y trabajen más barato que los franceses. Y luego, como resultado, no queda dinero para los franceses. Este es un poco el razonamiento.

¿Ve una correlación entre ese desmantelamiento de servicios y el trasvase a Agrupación Nacional?
Hay estudios que muestran que uno de los principales factores que explican el voto a la extrema derecha en Europa es la desaparición de los servicios públicos. Cuando vives en un pueblo pequeño y la escuela primaria ha cerrado, la oficina de correos ha cerrado, la estación de tren ha cerrado, el servicio de salud ha cerrado y para ver a un médico tienes que coger el coche y conducir 100 o 150 kilómetros, te sientes ignorado, relegado, despreciado, y tu reacción es votar a la extrema derecha como protesta.

(Didier Eribon)


26 octubre 2025

La muerte y el Enterrador

(El jardin de la muerte) (Hugo Simberg)

Mi padre trabajaba de enterrador y asi lo llamaban, como si la cotidianeidad con los muertos le dotara de una humanidad especial y diferente. Años mas tarde, en esa busqueda juvenil, ingenua y vana,  de intentar ocultar lo innombrable yo lo definia como un albañil de huesos, un pacificador de cuerpos. 

Desde muy pequeño le acompañaba en sus tareas en el cementerio. Las frecuentes visitas me enseñaron, sin darme cuenta ni saber como, las diferentes luces del dia, como iban cambiando las sombras, el calor apacible que me adormecia, las hierbas que crecian entre grietas y sobre todo me enseñaron a leer en las lapidas.

Veia las fotos, calculaba la edad al morir, alli aprendi que los niños tambien mueren, los nombres, algunos antiguos,  de otra epoca, Silvestre, Arsenio, Acacio........ otros sin haberles dado tiempo a desarrollar su modernidad....

Imaginaba las historias, si habian muerto jovenes o muy ancianos, la familia que los lloraba......La vida resumida en una plancha de marmol.

Me gustaba mucho la quietud, la intemporalidad, la eternidad de las lapidas, tenia todo el tiempo del mundo en el camposanto. Nada cambiaba apenas, los muertos seguian en su sitio por toda la eternidad, ninguno me abandonaba, ni me cansaba, solo me relacionaba superficialmente con ellos, con sus nombres, con su historia.

Empece a interesarme por algunos: Maria,  muerta a los diez y siete años, tus padres que te añoran. De que habia muerto? Algun accidente?. Una enfermedad maldita: Tuberculosis ?. De pequeño solo imaginaba que sentirian mis padres si yo desapareciera y me invadia el regusto de su dolor, de lo mucho que me querian....... Imaginaba morir para oir lo que decian de mi tras la muerte, lo que me añoraban, lo que me querian, que ahora en persona, por pudor, nunca me decian. No casaba bien la ternura con un padre enterrador que se protegia con un barniz de dureza de los azares de la vida. 

Hasta ahora le habia escuchado hablar ininterrumpidamente, sin grandes signos de emoción. Su voz me habia atrapado como si fuera un lenguaje desconocido pero que, sin saber porque, entendia perfectamente. La voz cedio a la emocion, la narrativa acabo, el mundo volvia a estar en manos de la muerte. 

La muerte no tiene prisa. 

22 octubre 2025

La luz roja y el colapso



Una inquietante luz roja que entra por las ventanas desde el interior de las casas es una constante en muchas de sus obras. ¿Qué hay dentro de esas habitaciones?

La luz roja pretende atraer al espectador, es una invitación, pero no necesariamente una bienvenida. Hay algo en ella que no parece natural, como una advertencia que no puedes descifrar. En Harrowden, cuanto más te acercas a la ciudad, más intenso se vuelve ese inquietante resplandor rojo en algunos lugares, casi como si la propia ciudad ejerciera una atracción tóxica sobre los que se acercan demasiado. Utilizo el rojo con más intensidad en el corazón de Harrowden, sugiriendo que la fuerza que persiste se hace más fuerte cuanto más te acercas, mientras que a medida que te alejas se utiliza menos el rojo.

Se supone que es una presencia magnética, algo invisible pero que se siente profundamente. Tal vez una energía antinatural, una enfermedad industrial o la contaminación que se extiende desde Harrowden. ¿Qué hay dentro de esas habitaciones? Eso debe decidirlo el espectador. Hasta ahora todavía no he hecho muchas escenas en el interior para el proyecto.

El tema de este número es el caos y la destrucción. Me gustaría preguntarle por su perspectiva sobre el mundo actual y su futuro, dada la actual situación social en la que vivimos hoy a todos los niveles.

El mundo parece estar hoy al borde del colapso. La máquina se está rompiendo, pero en lugar de dejarla caer, los que están en el poder la están remendando con métodos cada vez más brutales —vigilancia, control, escasez fabricada—, cualquier cosa para mantener las cosas en marcha durante más tiempo.

¿Tenía razón Orwell?

Sí, Orwell tenía razón: sobre la vigilancia, sobre el control, sobre la forma en que el poder se mantiene a sí mismo a través del miedo y la manipulación. Vivimos en un mundo en el que la verdad se modifica constantemente, en el que la tecnología no solo nos vigila, sino que predice, empuja, impone. Los mecanismos de control se han vuelto más insidiosos, más automatizados, pero el resultado es el mismo: obediencia, división y un sistema que se alimenta de sí mismo.

Dicho esto, mi trabajo reciente se inclina más hacia algo dickensiano, no de un modo nostálgico, sino en el sentido de un mundo definido por la lucha de clases, por el peso de la industria, por personas que intentan sobrevivir en un sistema diseñado para machacarlas. Harrowden no es solo un lugar de control y vigilancia; es un lugar de trabajo, suciedad y fantasmas, donde el pasado no solo se recuerda, sino que sigue vivo, dándole forma a todo.

Orwell nos advirtió sobre la bota estampada en un rostro humano para siempre, pero Dickens nos mostró las calles cubiertas de hollín, las prisiones de deudores, la implacable maquinaria de la industria. Ambos son relevantes. La cuestión es si escapamos a esos ciclos o si estamos condenados a repetirlos en formas nuevas y más brillantes.

(Hari Ren)


21 octubre 2025

Las zapatillas y el arrastrar

(Alejandra Pizarnik)

Charlie Parker deja fluir con velocidad que no permite una percepción comoda,  notas y notas, enlazadas, disonantes, melodicas. Se puede improvisar melodicamente, ritmicamente o armonicamente. 

La fiesta de despedida, una perfomance, un acto en el que la gestion de la realidad no es estetica, la obra de arte debe ser bella?. La acción humana debe ser coherente?. El silencio debe predominar?. El discurso debe ser racional?. 

Quizas solo exista una coherencia de neurotransmisores, hormonal, oxitocina a barullo, no importa la imagen solo las secreciones. Las secreciones no tienen tiempo ni edad.

Las zapatillas como simbolo de deterioro, de arrastrar, de no levantar los pies, ni el animo, ni otras cosas, con el objetivo de esfinterear, de vaciar, de contraer y relajar. 

Hay que parar el tiempo, acodarse en tus labios ondulados, mirar por la ventana de los ojos el mar de los tuyos y tu sonrisa, a veces tan escasa, y sobre todo explorar las dunas de tu cuerpo, campos de extraccion de oxitocina, de temblor nervioso, tan fragil e inestable pero siempre tan buscado......  


Ya comprendo la verdad
estalla en mis deseos
y en mis desdichas
en mis desencuentros
en mis desequilibrios
en mis delirios
ya comprendo la verdad
ahora
a buscar la vida

(Alejandra Pizarnik)

(Evaristo Cienpozuelos)

20 octubre 2025

Bela Tarr y el hecho de no poder cambiar tu vida


“Quería mostrar a alguien que se siente solo en su torre de vigilancia, que tiene mucha monotonía en su vida, que encuentra un dinero e imagina que su vida será diferente. Quiere vivir otra vida, pero al final no lo consigue. Cuando te estás rebelando, tienes que asumir el hecho que no puedes cambiar tu vida” 

“no hay razón para hablar de vidas fáciles cuando la gente está muriendo sin motivo, cuando los niños pasan hambre... Algunas vidas son duras, algunas son sencillas. Depende de tu situación social, de tus posibilidades. Pero veo que la vida de la mayoría es horrible en todos los lugares del mundo. El 1% de la población es propietario de todo. Odio este tipo de situaciones sociales, evidentemente injustas”.

“No me gustan las instituciones que te quieren educar, las instituciones donde viene un profesor que, aunque quiera hacer su trabajo lo mejor posible, te está diciendo cómo cree que debes hacer las cosas. Y después consigues una buena nota en el examen si repites lo que te ha dicho”, declara. Le parece más interesante estimular la imaginación: “No hay normas. Liberación, en lugar de educación. A partir de aquí, veremos, es cosa suya. Yo puedo ayudarlos, provocarlos, empujarles a ser más radicales que yo, más estrictos…”.

“Entonces pensaba que todos los problemas eran sociales, que todo se arreglaría si se solucionasen esos problemas sociales. Tuve que afrontar que los problemas son ontológicos, y llegue al punto de entender que los problemas son cósmicos, que no hay salida”.

“Decidle a la industria audiovisual que se joda, porque matará vuestra imaginación, vuestra libertad. Os querrán domesticar como a una mascota que es parte del sistema. Así que debéis estar fuera del sistema. Y podréis ser más revolucionarios que yo. Debéis hacerlo, porque, si no es así, lo sentiré por vosotros”, concluye. Y Tarr continúa terminándose su cerveza, parsimoniosamente.

16 octubre 2025

Las paginas felices y el precio de la libertad



«Me ha ocurrido en esta vida lo más triste que podía ocurrirme: de poeta que era me he convertido en autor. Creo que de un modo u otro fui un auténtico poeta alguna vez, en mi adolescencia, cuando todavía no había publicado nada, y ni siquiera escrito nada, a excepción de un diario íntimo. Ese es mi estado ideal, perdido para siempre, en el que sueño continuamente: me gustaría volver a él, que desapareciera para siempre el recuerdo de los, ¡ay!, diez libros escritos en los veinte años transcurridos desde que empecé a escribir. Me gustaría tener el valor de volver a convertirme en nadie, pero este valor no se le concede a todo el mundo."

»¿Qué vais a encontrar en esos diez libros? Si tenéis paciencia suficiente para hojearlos, algunas páginas buenas. Pero no las que ha jaleado la crítica. Porque esas páginas felices se encuentran, como suele ocurrir, inmersas en montones de literatura. Y cuanto mejor es la literatura, tanto menor es la probabilidad de encontrar páginas logradas desde el punto de vista artístico: páginas verdaderas. Son lo más precioso de los libros, porque no son experimentos, sino experiencias, y no son éxitos del autor, sino regalos que se le hacen al autor. Por eso el orgullo de escritor es algo tan estúpido. Son esas pocas páginas las que deberían merecer un mayor reconocimiento."

»No vivo como un escritor y no me siento un escritor. Me siento tan sólo un hombre muy libre y, como el precio de la libertad es el más alto, muy triste. Trato de seguir viviendo. No sé si alguna vez volveré a escribir algo ni me preocupa saberlo. No me gustaría quedar internado en el asilo de la historia de la literatura».



(Mircea Cartarescu) (Prologo del libro Por que nos gustan las mujeres)

29 septiembre 2025

Nunca somos lo que creemos que somos, sino lo que los demás entienden que somos.

(George Orwell)



 El vagabundeo pone a George] Orwell en condiciones de mirarlo todo –a otros seres humanos y a la sociedad en general, sus jerarquías, sus valores, sus rituales, sus tabúes– con ojos nuevos. Como había vivido en Asia varios años y cruzado muchas fronteras culturales, ya tenía una concepción de la sociedad relativamente amplia. Sus experiencias de vagabundo, sin embargo, le dieron acceso a estratos y grupos sociales a los que no habría llegado de otro modo. Y gracias a eso obtuvo un gran conocimiento. La idea, por ejemplo, de que las distinciones sociales carecen de solidez. Entiende que, entre los vagabundos, en última instancia, al margen de cuál sea su riqueza, las personas son básicamente iguales. La idea de que hay “una diferencia misteriosa y fundamental entre pobres y ricos” es una afirmación coja, una “superstición”. Orwell descubre que en la realidad “no hay tal diferencia”. Las distinciones sociales, aunque parecen insalvables, son una ilusión óptica. Lo que produce esta ilusión puede ser la cosa más sencilla del mundo. La ropa, por ejemplo.


Atravesando líneas divisorias y grados de pobreza, Orwell aprende la importancia vital de la apariencia. 
Como miembro de la clase alta británica debió de tomar la ropa, ante todo, por señal exterior de pertenencia a una clase u otra. Por una mera convención social. Ahora lo entiende de otro modo. Ha aprendido lo que los buenos actores y los espías han sabido siempre: que el hábito hace al monje. Somos nuestro disfraz. Los demás casi siempre ven la máscara, nunca la persona; en efecto, la persona es la máscara (persona en latín). Cuando se pone la ropa de vagabundo, la primera reacción de Orwell es aferrarse a su antiguo yo. “Vestido como iba, medio temía que la policía me detuviese por vagabundo y no me atrevía a hablar con nadie, pues imaginaba que se advertiría la discrepancia entre mi acento y mis ropas”.

Esta suposición solo revela que Orwell estaba aún poco adiestrado en las costumbres del mundo: en su ingenuidad, suponía que era diferente de lo que su indumentaria daba a entender. En otras palabras, que tenía una personalidad más profunda y esencial y que, al hablar con él, la gente repararía en esa personalidad y por lo tanto detectaría al auténtico Eric Blair oculto tras el sujeto de aspecto indigente. “Más tarde me di cuenta de que eso no ocurría nunca”, escribe. En sociedad nunca somos lo que creemos que somos, sino lo que los demás entienden que somos. Un hombre de posibles con ropas de vagabundo es un vagabundo. Si nos ponemos ropa de vagabundo, somos vagabundos, de todas todas. “Las ropas son poderosas”, concluye Orwell. “Vestidos de vagabundo es muy difícil [...] no sentir que estamos realmente degradados”.

Una vez que ha recibido el bautismo de vagabundo puede empezar en serio su exploración sociológico-literaria. Los descubrimientos que hace no dejan de sorprenderlo; ahora se le revela toda una dimensión nueva de su existencia social. “Mi nueva indumentaria me introdujo al instante en un mundo nuevo. La conducta de todos pareció cambiar de repente”, advierte. “Ayudé a un vendedor a levantar una carretilla con la que tenía problemas. “Gracias, colega”, dijo con una sonrisa. Nadie me había llamado colega en toda mi vida: fue por la ropa”. Siempre la ropa. El vendedor no hablaba con Orwell, sino con la ropa que llevaba.

No todos sus descubrimientos fueron tan simpáticos. Orwell se da cuenta, no sin un sobresalto, “de que la actitud de las mujeres varía según la indumentaria del hombre. Cuando un hombre mal vestido se cruza con ellas, estas se apartan de él con un sincero movimiento de asco, como si fuera un gato muerto”. No debería haberse sorprendido: era en efecto un gato muerto.

La imagen del perdedor es tan repulsiva como la de un cadáver maloliente. El asco es tan imperioso que puede socavar incluso los modales más refinados. Pues esa imagen nos obliga de súbito, contra nuestras mejores intenciones, a ver a través de toda la mascarada y a enfrentarnos al silencio mortal que acecha tras el ruido agradable que por lo general hay en nuestras interacciones sociales. La imagen del perdedor es inquietante porque nos recuerda lo peor que puede ocurrirnos: la degradación, la decadencia, la indigencia. Sabemos de manera instintiva, si no consciente, que estas cosas siempre son posibles porque el orden social siempre es precario. El abismo puede atraparnos en cualquier momento desde el otro lado. Los perdedores deben existir, desde luego, necesitamos que estén ahí, pero no demasiado cerca para sentirnos cómodos.

(Costica Bradatan) (Drăgoiești, Rumanía, 1971) es filósofo. Este texto es un adelanto editorial de su libro Elogio del fracaso, de la editorial Anagrama, que se publica este 21 de mayo. La traducción es de Antonio-Prometeo Moya. 

28 septiembre 2025

Al bajar del escenario soy una pobre mujer, sola, triste y perdida.

 

(Angelica Liddell)

P: En ‘Del inconveniente de haber nacido’, Cioran dice: “No corremos hacia la muerte; huimos de la catástrofe del nacimiento. Nos debatimos como sobrevivientes que tratan de olvidarla. El miedo a la muerte no es sino la proyección hacia el futuro de otro miedo que se remonta a nuestro primer momento”. ¿Es su caso?

La muerte no es la tragedia, la tragedia es el nacimiento. El miedo es preexistente al hombre. Reconocemos el sentimiento del miedo automáticamente. Eso significa que primero fue el miedo, y después fue el hombre. Tal vez Dios es solamente una gran cantidad de miedo. Por otra parte palpita la gran paradoja del suicidio, tener ganas de morir, sentir ese hastío y ese espanto no significa que desaparezca el miedo a morir.

P: El año pasado nos sirvió su funeral y ahora el de Bergman. ¿Qué le une a él?

Bergman me ha salvado la vida numerosas veces con su pornografía del alma, me ha permitido identificar la podredumbre humana, la vergüenza, la culpa y el horror que nos fundan. Bergman para mi es como una Biblia, recurro a él constantemente. Cuando me bloqueo artísticamente veo el principio de Persona. ¿Qué se puede decir de la Biblia Bergman? Es una de las personalidades más importantes de todos los tiempos, ha definido lo humano con una crueldad y una belleza imbatibles. Pero lo que más me une a Bergman es la ausencia de distancia entre vida y obra. Ambos ponemos a trabajar a nuestros demonios tirando del carro de combate.

P: ¿Qué le ha dado el teatro en su vida?

No es exactamente el teatro lo importante sino el trabajo. Tener la capacidad y la fortuna de trabajar desde la mañana a la noche. El trabajo me ha dado el grado de extenuación necesaria para no morir. Trabajo para no morir. El cuerpo son todas las cosas que hacemos para no morir. Trabajo, luego no muero. Ese es el silogismo. No sé vivir sin trabajar. El descanso me estresa. No sé cómo descansar. Por ejemplo, leer es trabajar, pasear es trabajar, ver películas es trabajar, todo acaba en la carnicería del trabajo, todo está confiado a la escritura, a la poesía, al trabajo, en suma, al fuego.

P: Existen una Angélica Liddell diferente a la que sube al escenario y nos relata parte de su vida?¿Vive para hacer teatro?

Es imposible que haya dos Angélicas. Mi cuerpo y mi mente no se pueden desdoblar. El escenario te obliga a una transfiguración, lógicamente, el perímetro ritual y la presencia del público me transforman en objeto estético, mi cuerpo y mi espíritu participan de una creación, de un proceso de trabajo que concluye en el rito, el fuego interior cobra forma estéticamente, y los demonios salen convertidos en llamas a través de la herida. Cuando me bajo del escenario soy una pobre mujer, sola, triste y perdida, que no quiere ver a nadie, que se compra un par de Donuts en la gasolinera de la esquina y se va a casa a ver películas de terror para espantar de nuevo a los demonios. Pero soy la misma persona.

P: En el 2014 dijo que no volvería a España. ¿Se ha reconciliado con ella?

En absoluto, va a peor. Voy con ­DÄMON a Madrid por obligaciones contraídas con la red europea de Próspero. Nada más. El desprecio de las instituciones, la falta de atención, la falta de verdadero apoyo, y sobre todo la falta de respeto, la infinita falta de respeto de personas que ni siquiera contestan al teléfono. A mis sesenta años no tengo sede en mi país, no tengo residencia donde trabajar, nos tratan con un desprecio y una ruindad bárbaras. No nos tragan, y yo tampoco los trago a ellos. España es una enfermedad mental, como decía Panero. Es esa “España para los españoles” que me repugna, solo hay que ver la foto de los nuevos íncubos que dirigen las estructuras. Si no cambian las cosas, voy a tardar mucho tiempo en volver a Madrid, porque entre los unos y los otros, entre “la familia unida jamás será vencida” y los “resident evils remake”, Madrid apesta.

(Entrevista a Angelica Liddell)

21 septiembre 2025

Hemos domiciliado la velocidad


(Francisco Jarauta)

P. En Poéticas…, e imagino que aún más en su próximo monográfico, defiende la especial vigencia de Nietzsche, así se hayan ido por el sumidero los posmodernismos, pensamientos débiles y otras corrientes hedonistas fin de siècle, y de ciclo, que tanto lo invocaban.

R. ....... Ya no se podía mantener más una teoría feliz generalizada, como se pretendió entonces. La mirada de Nietzsche se nos vuelve hoy más severa, cuando se multiplican la provisionalidad de los lenguajes y las estructuras en fuga. Por supuesto, la risa de Zaratustra nos salva de la melancolía por la nostalgia de la totalidad perdida. Pero hoy prevalece el Nietzsche que nos recuerda que “nuestro futuro es el reino mineral”. O el que, como médico de cabecera, nos anuncia: “He venido a curaros de la pesadilla de la eternidad”.


P. ¿Será que el simulacro de entonces se ha descompuesto en simulaciones líquidas, casi inapelables? Usted se hace eco, por cierto, del giro de Zygmunt Baumann en sus últimos ensayos, en que detecta nuestra condición actual de “espectadores globales”, sometidos a una nueva “ansiedad”; ese terrible símil de estar postrados en un andén viendo pasar trenes de alta velocidad sin poder subirse a ninguno…

R. Fíjate que, en esa lúcida imagen, Baumann incorpora la “alta velocidad”. Me remito a la advertencia de Paul Virilio: que el cambio de paradigma de nuestro tiempo es haber “domiciliado la velocidad”. Antes, en paralelo, por ejemplo, a esa cultura del simulacro, acuñada por Jean Baudrillard, se destacaba lo efímero. Pero ahora ese concepto se nos ha quedado corto, pues lo efímero se transforma en algo permanente, y, su tempo, es cada vez más y más breve. Así pues, estamos condenados a ser observadores de un mundo que cambia a una velocidad permanente. Y la distancia con nuestra mirada no para de crecer, pues mientras todo sigue cambiando a velocidad de vértigo, nosotros debemos permanecer aferrados a una cierta identidad. Obviamente, esto genera la “anxiety”, y, al no poder digerirla, caemos en la perplejidad. Creo que ese es el síndrome más destacado hoy día: Vivimos en un bucle entre la ansiedad y la perplejidad.


P. ¡Uf! Suena a no poder bañarse ni siquiera una vez en el río de Heráclito; o, al menos, no poder cruzar hasta la otra orilla ya en el primer baño. Peor aún que el “presente inmemorial”, de J-F. Lyotard, ¿cómo articular ningún futuro desde esa actualidad tan ciclotímica y veloz?

R. Es que nunca antes el presente estuvo tan desconectado del futuro. Antaño, el futuro daba más garantías de continuidad: era más pacífico y previsible; pero hoy la pregunta por el futuro es angustiante.

P. ¿Y cómo afecta a cualquier voluntad de trascendencia en la literatura y el arte? La crítica de arte Estrella de Diego afirma que ya nadie quiere ser inmortal, sino que nos basta con ser “inmoribles” …

R. El arte sigue cumpliendo su función de iluminación y protección frente al caos. Con más radicalidad que cuando lo advirtiera Walter Benjamin, es obvio que ha perdido cualquier aura de trascendencia, y ya nadie puede pedirle, a una obra, más que su rentabilidad inmediata. Ya no tiene el efecto terapéutico asociado a un modelo de belleza universal. Hoy, la belleza está mucho más disgregada, es más subjetiva, y se puede encontrar en cualquier parte… en un golpe de viento que te ha despeinado, o, ¿qué sé yo?, una miga de pan perdida en una mesa abandonada… Cada cual tiene sus episodios de belleza instantánea.


P. Entonces, cualquier propuesta artística o entrega literaria, como se dice significativamente, ¿está destinada a ser cada vez más efímera, marginal e invisible para el conjunto de la sociedad?

R. En una sociedad tan atomizada en individuos y en colectivos muy heterogéneos, sería quimérico pretender la visibilidad generalizada que se buscaba antaño. A más rigurosa y ambiciosa sea una obra artística o literaria, resultará más marginal, pero obligará mucho más a pensar, y pensar es una forma de resistencia. No es inútil escribir o pintar en las fronteras, o en las arenas del desierto, como nos enseña Edmond Jabès [Jarauta ha sido el introductor en España del autor de El libro de las preguntas]. No son malos tiempos para comprender que existe un silencio que nace de la experiencia interior, muy fértil para la creación o para contemplar la vida.


P. En su libro, enaltece el fragmento como la expresión más adecuada. ¿No es un dictado del espacio que conceden las redes sociales? ¿No se corre el riesgo de perpetuar la cultura del picoteo; y de vulnerar la advertencia de Wittgenstein: que “la guinda puede ser lo mejor de un pastel, pero un saco de guindas no es mejor que un pastel”?

R. Defiendo el fragmento que se piensa, como antídoto contra su banalización; el fragmento como centro del ensayo, que debe permear cualquier otro género literario. Frente a las tesis del clasicismo sobre la unidad de la cultura, y de la civilización, lo que nos queda a nosotros es el fragmento, que se multiplica. El ensayo fragmentario, frente a la falacia de los sueños sistemáticos, como pretende el discurso académico. Ya no podemos averiguar nada, sino por aproximación, de manera errante; no por explicaciones, sino en alusiones infinitas, como visionaron desde Nietzsche a Robert Musil. Es un revulsivo contra toda positivización de los lenguajes artísticos, cuando lo más importante es que muestren su tensión, su versión del naufragio de cualquier discurso totalizador.


P. Habla también de la vejez, y hasta de la enfermedad, como un cierto espacio de redención, cuando “se calman los fantasmas” y aparece “una libertad soberana”, mucho más interiorizada…

R. La libertad siempre ha sido parte de mi forma de vivir y pensar; siempre la he sentido, desde un cierto anarquismo silencioso, como algo innegociable. Y, en efecto, la vejez reconfirma esa actitud con creces. Claro, no otorga nada si no se ha tenido esa predisposición. El último Gilles Deleuze, ya muy enfermo, dejó escrito en un folio, al que tuve acceso, a través de mi amigo Lyotard, algo que me marcó: “Solamente la muerte nos da el derecho de pensar y decir ciertas cosas”. Yo siento esa libertad.


P. Se lo iba a preguntar desde el principio, pero, sabiendo que somos náufragos fragmentarios, ansiosos y perplejos, y la mayoría, para olvidarlo, con los cascos puestos, es más pertinente hacerlo ahora, ¿Para qué sirve hoy la filosofía?

R. Para poder recomponer las preguntas. Hoy hay un exceso de exclamaciones y un temor defensivo a hacerse demasiadas preguntas. Lo dijo Agustín de Hipona, y lo adopta María Zambrano: “¿Quiénes somos nosotros?: Nosotros somos los que nos hacemos preguntas”. Tenemos sed de respuestas, y, a sabiendas de que no terminaremos de saciarla, cada nuevo tiempo exige reformular los interrogantes, y ese es el cometido tutelar de la Filosofía. En las estepas asiáticas, nació un radical etimológico, el término eth, que significa, a la vez, “humano” y “sediento”. Somos humanos porque tenemos sed de respuestas y una insaciable curiosidad. Es una de las advertencias más radicales que nos hace Robert Musil en El hombre sin atributos: “Cuando ya no tenemos preguntas, nos volvemos póstumos en vida”.

(Entrevista a Francisco Jarauta)