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30 diciembre 2024

La Hipocondria moral




"Un fantasma recorre los salones de las clases medias occidentales: el fantasma de la hipocondría moral.
Sentir culpa por hechos en los que no participan directamente: esa suele ser la reacción entre gentes bienestantes. Desentrenadas en asumir responsabilidades políticas, lidian con los males del mundo con sentimentalismo, juicios maniqueos y una mezcla de decencia moral y narcisismo."

"De la peculiar combinación de decencia y narcisismo nace uno de los fenómenos tal vez más definitorios de las clases medias progresistas de las sociedades occidentales a partir de la segunda mitad del siglo XX: la hipocondría moral. Se trata de la idea según la cual si nos sentimos culpables por los males y las enfermedades del mundo social y político es porque son en efecto culpa nuestra, a pesar de que muchas veces esté lejos de ser claro qué significaría tal cosa. La hipocondría moral es, en pocas palabras, creer que sentir culpa nos convierte en culpables. Esta forma de falsa consciencia revela un desconcertante narcisismo patológico que mezcla una desmesurada presencia del yo y una brújula moral bien imantada.

La hipocondría moral es un fenómeno tan pequeñoburgués como el decoro a la hora de comer, el uso arbitrario de benzodiacepinas o las llamadas a la policía a las dos de la mañana porque hay borrachos cantando en la plaza de debajo de casa.

El hipocondríaco moral tiene dos rasgos narcisistas mezclados: pensar que es más importante de lo que realmente es, por un lado, y no poder distinguir entre sentir que ha actuado mal y haber actuado de hecho mal, por el otro. El hipocondríaco moral siente indignación acerca de algún acontecimiento sin que eso implique que en efecto se haya cometido una injusticia; más bien es, de nuevo, una proyección de su propia vida psíquica. Estos rasgos muestran que la persona tiene dificultades para distinguir entre su punto de vista y la realidad.

Quienes ambicionan e intentan poner en práctica un ideal utópico pueden ser desmedidamente optimistas y carecer de una visión realista del mundo, pero no suelen sufrir hipocondría moral, entre otras cosas porque embarcarse en intentar organizar un ideal utópico es la actitud quizás más anti burguesa que existe, mientras que la hipocondría moral es una actitud tal vez exclusiva de las mentes burguesas.

Donde todos son culpables, nadie lo es. (Hannah Arendt)

(Natalia Carrillo & Pau Luque: Hipocondría Moral)

31 mayo 2009

La Hipocondria

—Joder, tío, ¿a que no sabes quién se ha muerto? Todos los días, voy a buscar a mi hija a la puerta del colegio. Y allí, a la puerta del colegio, todos los días coincido con la madre de una amiguita suya. La amistad entre nuestras hijas y las elementales normas de urbanidad me obligan a saludarla con un somero “¿qué tal estás?”. Es una mera fórmula; pero lo malo es que ella me responde: —Pues ya ves, Miguel —y unos días se echa la mano a la garganta, otros al cuello, otros a una rodilla—. Estoy hecha polvo. Tendrá treinta y pocos años. Yo la veo bien, quiero decir: rozagante, pero siempre lleva en la mano una bolsita de esas pequeñas que dan en la farmacia, con un medicamento dentro. Siempre lleva una rebequita, aun en verano, que se ciñe continuamente al cuerpo: siempre está destemplada. A menudo tiene prisa porque está citada en el ambulatorio para recoger recetas. Cuando no es eso, anda apurada porque va a visitar a un familiar, a un allegado, o a un conocido que está en el hospital. Lo cual no digo que sea censurable, todo lo contrario, es muy humanitario. Si no fuera porque, a renglón seguido, me cuenta la operación a que le fue sometido el paciente. O la lesión traumatológica que tuvo: —De la manera más tonta: fue a coger el autobús cuando de pronto hizo así, fuissss, y la tibia se le rompió en cuatro cachos y el maleolo se le desplazó a la izquierda y se le desprendió también el maxilar. Lo cuenta así como con voz enigmática. —Joder, qué hostión tuvo que darse —concedo yo. Su preferencia, sin embargo, está en esas enfermedades extrañas que se manifiestan de pronto por unos síntomas a los que nadie, en principio, prestaba atención. —El caso es que a ella (se refiere a una vecina) le picaba mucho el lóbulo de una oreja. Fue a la consulta pero el médico no la hizo ni caso (en sus historias, los médicos de la Seguridad Social nunca hacen caso de nada, están como empanados). Entonces fue al especialista y, ¿qué dirás que le diagnosticaron, Miguel? —Ni idea. —La fiebre del heno. Se sabe, no hace falta que lo diga, cientos de nombres de medicamentos, sus contraindicaciones y, sobre todo, sus efectos secundarios. A poco que digas que te duele la cabeza, te nombra decenas de pastillas que te puedes tomar (y te ofrece, por supuesto, una que ella lleva siempre encima). Le encanta (no lo puede disimular) ser la primera en anunciar la muerte de un famoso, o al menos que tiene un cáncer incurable. Quiero quitarle hierro al asunto, pero tendrías que oír, amigo bloguero, con cuánto lujo de detalles me describe el tránsito de un ser querido. O de un vecino al menos. A la madre de la amiga de mi niña siempre está a punto de salirle un herpes. Por la ansiedad. —Es que la vida —me solidarizo con ella—, está llena de sinsabores. Y cuando no, se te cae un empaste. De todas formas, este último viernes me cansé. La interrumpí en medio de una frase: —Joder, Aurora (así se llama), no haces más que contar desgracias, enfermedades y muertes. —¿Y qué quieres, Miguel? ¿En que mundo vives tú? ¿Es que no ves el telediario? ¿Es que tú te crees que se puede estar contento y despreocupado con la pandemia que se extiende, con las guerras en todos los continentes, con los niños que se mueren de hambre en África, con las bombas que caen sobre Gaza? —Hombre, no, pero… —Hace falta ser un inconsciente, perdona que te diga. Vivir en un mundo de ficción. Y aquí es cuando, lo confieso, me desarma completamente y no sé qué decir. Es oírla esto y me da un dolor aquí, como en el tercer espacio intercostal, que me deja sobrecogido. Justo ahora vengo de pedir cita en el médico. (Miguel Baquero). Ha publicado varios libros: El ultimo: Diez cuentos mal contados. Muy recomendable, en este estilo cotidiano/universal tan atractivo. http://miguel-baquero.blogspot.com/