14 octubre 2026

La muerte, la amistad y los encuentros excepcionales

 

(Emile Cioran)

Señor Cioran, ¿no son siempre las reflexiones sobre la muerte una forma de conjurar el miedo? Puesto que no tenemos otra cosa que la vida, ¿hemos de estar por fuerza aterrados por la muerte?

Cuando yo era joven, pensaba en la muerte en todo momento. Era una obsesión, incluso cuando comía. Toda mi vida estaba bajo el imperio de la muerte. Ese pensamiento nunca me ha abandonado, pero con el tiempo se ha debilitado. Sigue siendo una obsesión, pero ya no es un pensamiento. Le doy un ejemplo: hace unos meses, conocí a una señora y hablamos de un conocido común, alguien a quien yo no había visto desde hacía mucho tiempo. Ella decía que valía más que no volviese a verlo, pues era muy desgraciado. No dejaba de pensar en la muerte. Yo le respondí: «¿En qué otra cosa quiere usted que piense?». A fin de cuentas, no hay otro tema. Desde luego, es mucho mejor no pensar en ella, pero nada hay de anormal en hacerlo. No hay otro problema. Precisamente porque yo he estado a la vez liberado y paralizado por ese pensamiento de la muerte, no he hecho nada en mi vida. Cuando se piensa en la muerte no se puede tener una profesión. Sólo se puede vivir como he vivido yo, al margen de todo, como un parásito. La sensación que siempre he tenido ha sido la de inutilidad, de falta de objeto. Podemos decir que es enfermizo, pero lo es sólo en sus efectos, no desde un punto de vista filosófico. Filosóficamente, es de lo más normal que todo nos parezca inútil. ¿Por qué habríamos de hacer algo? ¿Por qué? Creo que toda acción es fundamentalmente inútil y que el hombre ha frustrado su destino, que era el de no hacer nada. Creo que el único momento justo en la historia es el periodo antiguo de la India, en el que se hacía una vida contemplativa, en el que se contentaban con mirar las cosas sin ocuparse nunca de ellas. Entonces la vida contemplativa fue verdaderamente una realidad.


Pero, ¿no querría decir eso que cada cual vive exclusivamente para sí y no está nunca ahí para algún otro?

No, no. Yo no soy egoísta. Esa no es realmente la palabra apropiada. Yo soy compasivo. El sufrimiento de los demás tiene sobre mí un efecto directo. Pero, si mañana desapareciera la humanidad, me daría igual. Recientemente, he escrito incluso un artículo al respecto: «La nécessaire catastrophe» («La catástrofe necesaria»). La desaparición del hombre es una idea que no me desagrada.


¿Son importantes los amigos para usted?

Sí, tengo muchos y buenos amigos, a los que veo con mucho gusto, pues sólo podemos descubrir nuestros propios defectos gracias a los amigos. Para mejorarnos interiormente basta con observar bien a nuestros amigos. Yo estoy muy agradecido a todos mis amigos, a los que aprecio enormemente, pues he hecho todo lo posible para no tener los mismos defectos que ellos. Pero no lo he logrado. La amistad sólo tiene sentido cuando no somos como nuestros amigos. Hay que ser diferentes de ellos. ¿De qué serviría la amistad, si no?


¿Sus amigos han sido siempre modelos negativos para usted?

Todas las personas son modelos negativos. Nadie es un santo. Pero la amistad debe ser fecunda, pues nuestros amigos son los únicos seres humanos a los que conocemos íntimamente. El ejemplo de nuestros amigos debe ser útil para nuestra propia educación.


Señor Cioran, un conflicto fundamental en el hombre es el debido a que el resultado de sus reflexiones no sea siempre conforme a lo que siente, a que haya siempre divergencias al respecto. ¿Puede remediarse ese conflicto y podríamos considerar los momentos en que el saber y el sentimiento coinciden como cimas en una vida humana? ¿O rechaza usted eso también?

El saber y los sentimientos raras veces hacen buenas migas. Para mí, sólo ha habido un descubrimiento en la historia mundial. Se encuentra en el primer capítulo del Génesis, donde se habla del árbol de la vida y del árbol del conocimiento. El árbol del conocimiento, es decir, el árbol maldito. La tragedia del hombre es el conocimiento. Siempre he notado que, cada vez que tomo conciencia de algo, el sentimiento que tengo al respecto resulta debilitado. Para mí, el título más hermoso que se haya dado jamás a un libro es Bewusstsein als Verhängnis («La conciencia como fatalidad»). Lo escribió un alemán, el libro no es bueno, pero ese título es la fórmula que resume mi vida. Creo haber sido hiperconsciente toda mi vida y en eso estriba su tragedia.


¿Hay aún, aparte de la filosofía, alguna ciencia que le interese?

No. ¿Sabe lo que me interesa? He leído un número incalculable de Memorias. Me interesa todo lo que sea relato de una vida, autobiografía, y me gusta mucho oír a alguien contarme su vida, decirme cosas de las que no hable con nadie. No hace mucho recibí una carta sorprendente de una señora. Me escribía que yo era su dios, el hombre más grande que jamás haya existido y otras locuras por el estilo. Yo no quería responderle. Y después sentí deseos de conocerla y vino a verme. Pasó cuatro horas contándome su vida con detalles increíbles, que aún no había revelado nunca a nadie, estoy seguro. Parecía un poco trastornada, lo reconozco, pero me fascinó. Por mi parte, apenas dije palabra. Al final, le pregunté por qué me contaba todo eso. Yo no había sido nunca sino un escritor entre otros y ni siquiera grande. Me respondió: «Hace tres o cuatro años el azar me hizo descubrir su libro Del inconveniente de haber nacido y, antes incluso de haberlo leído, ¡supe que era mi libro!». Y después se fue, aquella enferma cuya vida conocía yo ya. Como ve, me interesa la gente, pero sólo cuando está perturbada o cuando se encuentra mal.


Pero, ¿acaso no es algo que le ocurre a toda persona adulta, lo de encontrarse mal?

Sí, pero en grados diferentes. Tiene que haber habido un golpe duro en una vida. Esa señora anciana me gustaba como alguien que se encontraba de verdad mal y porque me dijo cosas que no volverá a contar nunca a nadie. Era algo excepcional y, si me pregunto qué me gusta más en la vida, son sin lugar a dudas esos encuentros excepcionales en los que nos lo decimos todo: con gente a la que cuento todo y que me cuenta todo. Para mí, tal vez sean la única justificación de la vida, esos encuentros excepcionales, y tal vez sean también el mayor éxito de la mía, si es que puedo hablar de éxito.


Pero, ¿no compromete a nada ese encuentro excepcional?

No, pero tiene una dimensión transcendente. Es como si sucediese en otro planeta, fuera del tiempo. Carece de historia: ni antes ni después. Hay algo eterno en ella.

(Emile Cioran: Del libro Conversaciones)

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