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09 marzo 2019

Los pozos y la melancolia

«Las mujeres tienen la mala costumbre de caer en un pozo de vez en cuando, de dejarse embargar por una terrible melancolía, ahogarse en ella y bracear para mantenerse a flote: ese es su verdadero problema … Lo que tienen que hacer las mujeres es defenderse con uñas y dientes de esta malsana costumbre, porque un ser libre no cae casi nunca en el pozo ni piensa siempre en sí mismo, sino que se ocupa de todas las cosas importantes y serias que hay en el mundo, y solo se ocupa de sí mismo esforzándose por ser cada día más libre. La primera que debe aprender a actuar así soy yo». (Natalia Ginzburg)

12 abril 2014

La vida fuera es peligrosa

Clarice Lispector
... Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se casó era un hombre de verdad, los hijos que habían tenido eran hijos de verdad. Su juventud anterior le parecía tan extraña como una enfermedad de vida. Había emergido de ella muy pronto para descubrir que también sin felicidad se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quien trabaja con persistencia, continuidad, alegría...

Esa mujer de Clarice no es un personaje atrofiado, abúlico, irremediablemente alienado de su propia naturaleza. Ana tiene que tomar precauciones, «cuidarse en la hora peligrosa de la tarde», sofocar la ternura del espanto, controlar su corazón y alimentar anónimamente la vida. La pueden asaltar sentimientos extraños, una oscura ansiedad por lanzarse al vacío, a ese pozo sin fondo de ser en la nada, solitaria y final. Así, busca siempre tener las manos ocupadas, ir al mercado, hacer la compra y regresar al hogar con un bolso de huevos, en tortuoso tranvía. Y es aquí donde la escritora le da otro giro a la historia: en una parada Ana ve a un ciego masticando chicle, una escena que le resulta inquietante. Ella mira y el ciego no la ve; ella quiere comunicarse, al menos visualmente, pero el Otro ni siquiera se da cuenta de su intención, y esa ignorancia es insulto, rechazo; ella quiere otorgarle simpatía, amor, pero el invidente no está atento, se distrae en rumiar su ausencia. El problema, pues, no radica solamente en la condición social de la mujer, o en la estructura de la vida familiar. Hay algo más abajo, un asunto mucho más difícil de resolver, la incomunicación humana.

Ana llega al Jardín Botánico, aquí una metáfora del perdido Jardín donde florece el Bien y en silencio trabaja la raíz del Mal. Sentada en una banca del Jardín siente, como en un sueño, la náusea y la iluminación de la naturaleza y el mundo, una experiencia típica de los personajes clariceanos. Percibe la actividad callada de la vegetación, la fina estatura de las palmeras salvajes, la vibración del reino de los insectos, el rumor de la brisa entre las flores y, sumergida en un éxtasis, pasa una prueba similar a la mística vía unitiva de identificación con Dios, y tiene miedo del Infierno. Clarice Lispector, sin mucho aparato, ha llevado a esta mujer sencilla, con su bolsa de huevos rotos y pegajosa sustancia, a un momento excepcional del espíritu, a la noche oscura de Juan de la Cruz, «con ansias en amores inflamada, / ¡oh dichosa ventura!, / salí sin ser notada, / estando ya mi casa sosegada».


De repente, Ana recuerda a los niños y regresa corriendo al hogar. Abraza al hijo que la recibe, se protege, «porque la vida era peligrosa» (eso dice también el Riobaldo de Guimaráes Rosa), y ama con repugnancia el mundo que recupera. Prepara la cena, recibe al marido, come en familia y, después, se peina frente al espejo. Ha vuelto a su vida normal, terminó «el vértigo de la bondad» y, «Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña llama del día». Clarice cierra el círculo de la historia. Mañana será otro día, que también tendrá su pequeña flama, su luz efímera bajo la cual, sin embargo, se podrá vislumbrar lo Prohibido. La mujer sin atributos, aparentemente ordinaria, vacía o domesticada, es capaz de mitigar el fuego fatuo de las circunstancias, y de encender otra vez el ritmo de la vida, un día tras otro día
(Textos de Mario Cossio sobre el relato AMOR de Clarice Lispector)

20 febrero 2011

El domingo y las mujeres

Mi vida es como un domingo, familiar, con cierta libertad, sin mucho futuro y con la nostalgia del fin de semana que ha sido y no ha sido, adueñándose de todo. En este predominio vital han existido viernes plenos de futuro, sábados con actuaciones de presente y muchos lunes con comida a las cuatro. Mis brújulas siempre han sido femeninas. Mujeres terráqueas, románticas, con proyectos vitales tan ambiciosos que se derrumbaban nada mas nombrarlos. Mujeres fuego, verborreicas y apasionadas, que mi tendencia a la impotencia y las comparaciones me hacían temer. Mujeres aéreas tan sutiles y poéticas que me daban ganas de comer y mujeres acuosas, liquidas, siempre fugitivas de mi presencia, nunca las he tenido, siempre se han escurrido entre mis manos. Necesito capturar el misterio femenino. Tras su silencio que nunca cierra, su elegancia que nunca impone, solo insinúa ¿Qué se esconde?. Las mujeres románticas me horrorizan, es un camino seguro hacia el fracaso y el resentimiento. Las mujeres fuego me agotan, las mujeres aéreas me dan ganas de soltar tacos y las acuosas nunca consigo estar con ellas, siempre se me escapan. Por tanto ya se que me toca seguir viviendo con pequeñas esencias, perfumes de mujer, mujeres en cantidades homeopáticas. El domingo con su sol matinal, su periódico, el pastel de postre y la aburrida tarde es la mejor vida que puedo llevar. La calle esta llena de peligros con faldas. La tentación vive fuera. (Evaristo Cienpozuelos)

01 noviembre 2010

Las mujeres bravas y los hombres



Estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas.

A los hombres machistas, que somos como el 96 por ciento de la población masculina, nos molestan las mujeres de carácter áspero, duro, decidido. Tenemos palabras denigrantes para designarlas: arpías, brujas, viejas, traumadas, solteronas, amargadas, marimachas, etc., etc... En realidad, les tenemos miedo y no vemos la hora de hacerles pagar muy caro su desafío al poder masculino que hasta hace poco habíamos detentado sin cuestionamientos. A esos machistas incorregibles que somos, machistas ancestrales por cultura y por herencia, nos molestan instintivamente esas fieras que en vez de someterse a nuestra voluntad, atacan y se defienden.

La hembra con la que soñamos, un sueño moldeado por siglos de prepotencia y por genes de bestias (todavía infrahumanos), consiste en una pareja joven y mansa, dulce y sumisa, siempre con una sonrisa de condescendencia en la boca. Una mujer bonita que no discuta, que sea simpática y diga frases amables, que jamás reclame, que abra la boca solamente para ser correcta, elogiar nuestros actos y celebrarnos bobadas. Que use las manos para la caricia, para tener la casa impecable, hacer buenos platos, servir bien los tragos y acomodar las flores en floreros. Este ideal, que las revistas de moda nos confirman, puede identificarse con una especie de modelito de las que salen por televisión, al final de los noticieros, siempre a un milímetro de quedar en bola, con curvas increíbles (te mandan besos y abrazos, aunque no te conozcan), siempre a tu entera disposición, en apariencia como si nos dijeran “no más usted me avisa y yo le abro las piernas”, siempre como dispuestas a un vertiginoso desahogo de líquidos seminales, entre gritos ridículos del hombre (no de ellas, que requieren más tiempo y se quedan a medias).

A los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres, las mujeres de verdad, las que no se someten y protestan y por eso seguimos soñando, más bien, con jovencitas perfectas que lo den fácil y no pongan problema. Porque estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan, contradicen, hablan y sólo se desnudan si les da la gana. Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas plantadas, o tiradas, o arrinconadas, en silencio y de ser posible en roles subordinados y en puestos subalternos. Las mujeres nuevas estudian más, saben más, tienen más disciplina, más iniciativa, no se dejan amedrantar y quizá por eso mismo les queda más difícil conseguir pareja, pues todos los machistas les tememos. Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas.

Si las llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten las ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la vanidad a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable, porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es mandado. Como trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se declaran hartas por la noche y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de cocinar. Al principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y abnegadas como nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque son menos santas (las santas santifican) y tienen todo el derecho de no serlo.

Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras (mirémonos el pecho también nosotros y los pies, las mejillas, los poquísimos pelos), las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir, para amar y para servir y si alguna vez en la vida se necesita un consejo sensato (se necesita siempre, a diario), o una estrategia útil en el trabajo, o una maniobra acertada para ser más felices o aprender a hacer felices a otros, ellas te lo darán, no las peladitas de piel y tetas perfectas, aunque éstas sean la delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué hacer con todo eso.

Los varones machistas, somos animalitos todavía y es inútil pedir que dejemos de mirar a las muchachitas perfectas. Los ojos se nos van tras ellas, tras las curvas, porque llevamos por dentro un programa tozudo que hacia allá nos impulsa, como autómatas. Pero si logramos usar también esa herencia reciente, el córtex cerebral, si somos más sensatos y racionales, si nos volvemos más humanos y menos primitivos, nos daremos cuenta de que esas mujeres nuevas, esas mujeres bravas que exigen, trabajan, producen, joden y protestan, son las más desafiantes y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las únicas con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está basada en algo más que en abracitos y besos, o en coitos precipitados seguidos de tristeza. Esas mujeres nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que vale la pena, sed de vida larga y de conocimiento.



¡Vamos hombres, por esas mujeres bravas!

(Hector Abad Faciolince)

(De Puri y Silvia)