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20 marzo 2019

El cesped brilla mas en el jardin del vecino




“Es distinto estar a solas y sentirte solo. La soledad a la que yo me refiero tiene que ver con querer compartir tu intimidad y tener una relación que no tienes. Esto no depende de cuánta gente te rodea”, “La verdadera cura para la soledad son dos cosas. Por un lado, deshacerte de la vergüenza y entender que no hay nada malo en sentir que deseas tener más amor. Por otro, empezar a construir relaciones, divertirte y jugar. No tienes por qué estar en una relación sentimental o meterte en Tinder”


Como ocurre con la pena, la alegría o la angustia, ¿la soledad es intrínseca a la condición humana? Es absolutamente inevitable sentirse solo en algún momento de la vida. Sin embargo, hoy tratamos ese sentimiento como algo aterrador. La soledad surge a partir de cosas como mudarse de casa, cambiar de trabajo o perder a un ser querido. Por eso hay que normalizarlo, y combatir el estigma y la vergüenza que rodea la soledad. Es muy difícil decir que te sientes solo, pero si cae ese tabú podremos verlo como una experiencia más.

¿Qué caracteriza la soledad en el mundo actual? Las redes sociales e Internet hacen que la gente sienta que el resto del mundo tiene una vida social mucho mejor que la suya. Te parece que los demás siempre están en sitios preciosos rodeados de amigos, y todos ríen. Tu vida te parece un fracaso.

La experiencia de estar solo, ¿es distinta para una mujer que para un hombre? Hay algo heroico en la figura del hombre solitario, como en las películas de Bogart, el hombre solo en la ciudad de Hitchcock, es cool. Una mujer sola, sin embargo, levanta sospechas, tiene un halo de fracaso. Es tremendo, pero hay algo cultural que nos hace ver a una mujer sola como alguien que no ha conseguido triunfar. Es tóxico.

Paradójicamente, sentirse solo es algo que afecta a muchos. Y sin embargo cada uno lo siente como si fuera el único.

¿La soledad alimenta la autocompasión?Biológicamente, cuando empiezas a sentirte solo entras en un estado de hipervigilancia. Si alguien es un poco borde contigo en la calle, lo magnificas. Sientes que el mundo es un lugar inhóspito y tratas de protegerte. No sé si autocompasión es la palabra correcta, es más bien que te concentras solo en tu dolor y te sientes incapaz de reconstruir la relación con el mundo exterior. Lo que más miedo da de todo esto es que realmente no eres consciente de lo que te está pasando, de que tu cerebro altera tu percepción de la realidad.

¿Cuánto de este anhelo es un deseo de llamar la atención? El narcisismo es un término que evita en su libro. Llamar a alguien narcisista es una manera de distanciarte. Sospecho de ese tipo de acusaciones, porque es una manera de decir: “Ellos son así, no se parecen a nosotros”, de encajarlo todo en una patología. Puede que haya un elemento de narcisismo, pero yo quería reflexionar sobre qué hay debajo. Cuando la gente se saca fotos una y otra vez, uno está tentado de preguntar: “¿Piensas que no existes? Pues existes, no hace falta que lo sigas probando”.

La soledad va más allá de que una persona se sienta triste: la sociedad echa a alguna gente fuera y no asume la responsabilidad. En este caso es el sida, pero se podría decir lo mismo de los refugiados o la gente sin hogar. Cualquier grupo que queda demonizado experimenta niveles increíbles de soledad.

También de solidaridad. Sí, es una forma de resistencia, un antídoto contra la soledad. La solidaridad política es un reactivo.

Escribe sobre el deseo de romper con la tiranía del mundo físico. Trataba de analizar los motivos por los que nos sentimos tan atraídos por el mundo de Internet aunque sabemos que no es muy satisfactorio. Ahí nos encontramos a salvo. Las interacciones físicas implican un peligro que como especie tratamos de evitar. Muchos de los diseños tecnológicos son maneras de evitar las realidades físicas.

¿Por qué da tanto miedo el contacto? Si amas a alguien, te expones a un nivel de pérdida que es aterrador. Si no has establecido vínculos sólidos desde el principio, algo que le pasa a mucha gente, haces cualquier cosa para evitar la experiencia de pérdida, aunque esto implique no tener el amor o el calor que anhelas.

¿Cómo afecta el mundo mediado por pantallas al arte que se está produciendo? Se hacen muchas cosas horribles. Pero también es cierto que en esta era la gente está atenta a un tipo de belleza que a veces es narcisista y superficial, pero otras veces es maravillosa. Pensar que tantos quieren tomar fotos bonitas, conservarlas y compartirlas tiene algo de utópico, no es solo infernal. Me gusta mirar las instantáneas de jóvenes que se están disfrazando todo el rato. ¿En qué es esto distinto del trabajo de la artista Cindy Sherman?

Apunta en el libro a la gentrificación de los sentimientos, no solo de las ciudades. En The Gentrification of the Mind (University of California Press), Sarah Schulman describe la gentrificación de una forma amplia que va más allá de que las tiendas y cafés de moda se trasladen a vecindarios deprimidos. Ese libro analiza cómo de lo que se trata es de vivir en burbujas donde no tenemos que enfrentarnos a la pobreza o al dolor. Al leerlo pensé que hay una gentrificación también en el plano emocional. Queremos tener siempre experiencias agradables y felices, nos avergonzamos de sentimientos más oscuros, como la ira o la soledad. No queremos hablar de ello. Creo que hoy es algo radical reclamar estas emociones.

En política, estos sentimientos viscerales parecen haber tomado la escena. El odio, sin lugar a dudas, está en el aire. Pero el deseo de demonizar a determinado grupo sigue esta idea de construir un muro para aislarnos. La gente ve a refugiados andrajosos y con pinta de enfermos, y su respuesta no es “ven que te doy de comer”, sino “vas a venir a robarnos, te odiamos”. Queremos borrarlos. Y así también es como se trata a la gente que se siente sola.

¿La sensibilidad extrema es el gran problema de los artistas? Es lo que hace que sean maravillosos, su habilidad para ver y sentir de una manera más penetrante. Pero es muy difícil vivir así. Me interesa la complejidad, que una persona puede ser muchas a la vez. Nadie es una única cosa.

07 marzo 2019

La aceleración y el autismo coral

 
(Franco "Bifo" Berardi)
Las tecnologías digitales están generando una mutación del ser humano y aceleran de forma tan vertiginosa el tiempo que no deja tiempo para la pausa, la escucha o la capacidad crítica ponderada. Franco Birardi cartografía un tejido social en el que, como en las shitstorm [una tormenta de mierda] de las redes sociales, los individuos se mueven por los estímulos de todo tipo que reciben sin tiempo para reflexionar, y donde reina el resentimiento identitario, la desertificación del pensamiento complejo y el autismo coral.

“Los dispositivos tecnológicos se han convertido en una prótesis de nuestros cuerpos y en una herramienta de relación permanente con el mundo, devaluando así nuestra experiencia directa e inmediata de la realidad, afectando a las emociones, el psiquismo, la percepción y la relación con el otro”

Pregunta. ¿En qué está mutando el ser humano?

Respuesta. La modernidad nace cuando la escritura se hace medio de masas y la imprenta permite difundir el pensamiento en miles de copias. Hoy vivimos una segunda mutación técnico-comunicativa mucho más profunda, porque mutamos de una forma conjuntiva del pensamiento, de la comunicación, del afecto, a una forma conectiva.

P. ¿Cuál es la diferencia?

R. Que la presencia de la corporeidad ya no es decisiva. En la comunicación conjuntiva la creación de significado, de sentido, pertenece a la esfera de la presencia. Yo puedo decir algo que puede tener un significado diferente según la manera en que lo digo, de su contexto, de la relación afectiva que existe con mi interlocutor, pero en la comunicación conectiva es la sintaxis, la estructura técnica del medio, el formato, el sentido mismo. Además, la comunicación conectiva nos permite una aceleración, una intensificación infinita de la información, que no es solo información, este el problema, sino al mismo tiempo estímulo nervioso, es shitstorm. La consecuencia es que las capacidades críticas que la humanidad tenía en la época de la imprenta se están perdiendo. Y esta transformación está vinculada a la aceleración de la infoesfera que produce efectos en la psicoesfera, es decir, en el cerebro, en la mente, en la emocionalidad humana. Vivimos una época de patologías masivas, como las crisis de pánico, la depresión, la ansiedad, que no son patologías simplemente psíquicas, sino de la relación comunicacional.

P. ¿Hemos perdido sentido crítico de la complejidad?

R. El universo técnico se ha vuelto demasiado complejo para el entendimiento humano. Tenemos que reconocer que la posibilidad de una crítica de la discriminación racional es imposible cuando se habla de fake news, por ejemplo. El problema no son las fake news, que siempre han existido, el problema verdadero es lo que está pasando en el cerebro. El cerebro se ha vuelto incapaz de elaborar la complejidad del universo técnico. La velocidad, la intensificación, no permite que el cerebro pueda discernir, redistribuir. Cuando leemos un texto escrito o hablamos con un compañero la velocidad de esta comunicación nos permite discriminar entre bueno y malo, verdadero o falso.

(Franco "Bifo" Berardi) (Entrevista en el Pais)

05 febrero 2019

Lo que ocurre cuando los aburridos se vuelven adictos a la realidad o a un mundo de ficcion interesada


Porque lo que ocurre cuando se pierde el control de la información, cuando los llamados Aburridos, es decir, toda esa parte de la población que vive de la actualidad, que solo respira cuando tiene ante si un caso lo suficientemente morboso, que es por completo adicta a disponer de datos, sean o no fiables, empiezan a disparar rumores en todas direcciones, es que se da pie a las llamadas fake news y a las teorias conspiratorias y estas se traducen en puro canibalismo digital. 


“No me gusta la sociedad que estamos creando. Espero que en el futuro se advierta a los chavales en el colegio sobre los peligros de la exposición a las redes sociales, y a la información que circula por la Red en general”, asegura. También dice que lo más probable es que el 11-s cambiara para siempre el mundo tal y como lo conocemos. 

 “Supongo que la dictadura del presente en la que vivimos nació ese día, cuando el primer avión se estrelló contra las torres”, dice. Se descubrió entonces que podíamos volvernos adictos a la realidad. O a lo que la red global que habíamos construido decidiera qué era la realidad. ¿Vivimos, cada vez más, en un mundo que no existe, en un mundo de ficción interesada


04 febrero 2019

Los idiotas reciben la máxima atención


Hace menos de una década, las posibilidades de la web eran aún una promesa llena de esperanza. Su potencial comercial era un hecho, ya no era difícil ver que iba a transformar para siempre la industria periodística, y las recién nacidas redes sociales parecían capaces de lograr, de una manera bastante perfecta, un viejo sueño ilustrado: conectar a los individuos y permitirles intercambiar afectos e información, con tanta facilidad que el origen el origen de muchos de los conflictos humanos ―la incomunicación, la falta de elementos de juicio, la pervivencia de fronteras que separan y distinguen las experiencias de unos y otros― podría minimizarse.
Además, existía la ilusión de que supusiera el principio del fin de la jerarquía y la autoridad. En la llamada web 2.0, todos participábamos en igualdad de condiciones en un diálogo global. Los gobiernos no debían meterse en él, puesto que uno de los principales fines de la web era controlarlos. Se pensaba incluso ―recordemos el 15M, las primaveras árabes u Occupy Wall Street― que sería posible derrocarlos.
Jaron Lanier (1960) ha participado en el desarrollo de la realidad virtual, trabajado para Microsoft y formado parte del ecosistema de las “start-ups” y los desarrollos tecnológicos estadounidenses. Hasta que sintió que la criatura que había contribuido a crear empezaba a ser exactamente lo contrario de lo que debía: no solo no se había convertido en una especie de paraíso libertario sin intromisión estatal y en una plataforma para el diálogo desinteresado, sino que había caído presa de los intereses de las grandes empresas y adoptado algunas de sus peores expresiones. No se trataba únicamente de la la avaricia, que podía darse por descontada, sino de algo peor: una obsesión, que iba más allá del “marketing” tradicional, por alterar la conducta de los usuarios.
“¿Cómo podemos seguir siendo autónomos en un mundo en el que nos vigilan constantemente y donde nos espolean en uno u otro sentido unos algoritmos manejados por algunas de las empresas más ricas de la historia, que no tienen otra manera de ganar dinero que consiguiendo que les paguen por modificar nuestro comportamiento? Lo que en otra época podría haberse llamado ‘publicidad’ ahora debe entenderse como modificación continua de la conducta a una escala colosal”.

Sin embargo, casi todos parecemos aceptarlo por una razón simple: las redes nos han hecho adictos a la atención; lo que más deseamos es que nos hagan caso. Una vez más, esto no es nuevo, pero su escala ha adoptado proporciones peligrosas: “Sin otra cosa a la que aspirar más que a la atención de los demás, las personas normales suelen transformarse en idiotas, porque los más idiotas reciben la máxima atención. Este sesgo intrínseco favorable a la idiotez marca el funcionamiento de todas las demás partes” de las redes sociales. Cualquiera que dedique algo de su tiempo, aunque sea una pequeña parte, a las redes sociales lo ha experimentado. Quizá no sea muy distinto de otras adicciones: excita nuestro cerebro, pero sabemos que está mal.