14 junio 2026

La adolescencia y la mediana edad: Somos aquellos que otros ven

(Silvia Herreros de Tejada)


Las redes sociales han terminado de pulimentar ese suelo descargando sobre quienes participan de ellas una ideología asentada en una juventud atemporal, carente de responsabilidades, con una ética marcada por lo quebradizo, un lenguaje estrecho, poco abundante y una vida determinada por la imagen que proyectamos hacia el exterior. Somos aquellos que otros ven.

¿Qué es la juventud?

La juventud es una etapa biográfica y un mito cultural. También un deseo que tenemos y, por lo tanto, una performance a la que nos arrastra ese deseo. Para mí, también es un mundo paralelo donde uno se imagina que fue feliz y quizá no lo fue tanto. Esto me lleva a pensar, a reflexionar, que la juventud también puede llegar a ser una ficción.

Para mí sería eso: la juventud es una ficción. Es una etapa de la vida, obviamente, pero se ha convertido en una ficción tal que en el ensayo hablo de mí en el presente y luego hay una parte novelada, mi yo joven, que es una chica que se llama X. 
Recuerdo mi juventud como una novela y la recuerdo, probablemente, idealizada. La recuerdo como una novela ligera y me he intentado agarrar a esa ligereza. Este libro ha sido poner los pies en la tierra, ordenar cierto caos vital a través de ese planteamiento de orden alfabético que hago en el ensayo.

"La adolescencia parece adormecerse para tiempo después despertar bajo otras formas y recordarnos que crecer quizá no sea un acto conclusivo. La juventud que se inventó como ruptura regresa como promesa fantasmática de reinvención en la vida adulta". 

¿Somos puro mito o un reflejo en el espejo?

Hay muchos sociólogos y psicólogos que dicen que la adolescencia es un campo de prácticas de la mediana edad, y que, en la mediana edad, vuelve una especie de adolescencia que se debe a los cambios hormonales que se producen en ambos momentos vitales porque, además, son dos etapas en las que se cuestiona especialmente la identidad. 
En la adolescencia, la pregunta existencial es "quién soy" y "quien quiero ser". En la mediana edad te planteas "quien estoy siendo", si aún estoy a tiempo de cambiar de vida o de ser otra persona. Por eso suceden los clichés de las crisis de mediana edad.

Además, tanto en la adolescencia como en la mediana edad se viven unos duelos que no queremos mirar a veces de mayores. Los duelos de la adolescencia: pierdes a los padres de la infancia, dejas de idealizarlos, tienes cambios corporales, esa monstruosidad que, de repente, nos alcanza. Crecer es una pérdida: se pierde la inocencia infantil. 
En la mediana edad adolescente que vivimos, de repente, tenemos que cuidar a hijos y padres, perdemos a los padres también y el cuerpo cambia. En mi caso, además, con un cáncer de mama,una mastectomía, una quimioterapia, es volver a esa monstruosidad, pero, aunque no hubiese pasado por la enfermedad, ya estamos cambiando físicamente.

Esos cambios provocan un limbo febril, una especie de euforia desconocida, con ganas de hacer todo, con un anhelo desbordante "tengo que salir más que nunca" o, de repente, toda esta gente que se pone a follar como loca, en el caso de que esto sea verdad. Estoy investigando mucho las apps de infidelidades, una enferma tiene mucho tiempo para hacer muchas cosas. Y todo esto se debe a que parte de las crisis de la mediana edad nos lleva a considerar que nuestro cuerpo está infrautilizado. Todo es muy absurdo.

Has dedicado buena parte de tu trayectoria académica y literaria al análisis y estudio de Peter Pan, personaje creado por James Matthew Barrie. En esta obra hay una serie de variables que guardan relación directa con las distintas ramificaciones que la categoría juventud despliega tanto en lo simbólico como en lo físico, la distorsión de la realidad, el mito que todo devora, la infancia como lugar del que no se quiere salir, la pérdida de la inocencia.
En un tiempo como el actual, especialmente obsesionado con la juventud y su agenda, si me permites el término, si la juventud se impone

¿Quién pierde?

Pierden las personas mayores. Pierden los que de alguna manera deciden no ser (siempre) jóvenes, aquellos que no performan esa juventud. 
Parece que estamos obligados, además de todo, a performar la juventud: si no lo haces, eres una especie de fracasado, un dejado, alguien que no se integra en lo que ahora se lleva, que no mola, que no es guay.

Juvencolía (Debate, 2026) es un ensayo que, a partir de la biografía personal, te permite construir un retrato contemporáneo de la juventud.

La tesis de la que quería partir era que, mientras que el siglo XIX es la centuria en la que se inventa la infancia y la literatura infantil, el siglo XX es el gran siglo de la juventud: el rock and roll, los hippies, los beats, toda esa contracultura. De repente, la juventud se presenta como sinónimo de ser auténtico,de ser libre,una especie de verdadero yo. Por lo tanto, entramos en el siglo XXI acarreando ese mito que, por primera vez en nuestra generación, nos obliga a sentirnos jóvenes cuando ya no lo somos biográficamente, sino que nos hemos convertido en una generación que performa mucho la juventud. Me refiero, por lo tanto, a una juventud performativa.

Esta era la tesis. Debate me contrata, por lo tanto, para escribir un ensayo sobre la juventud como mito cultural y sobre la invención de la juventud en el siglo XX, para hablar sobre cómo la infancia fue el relato cultural del XIX, la juventud del XX y el XXI es el siglo de la edad mediana. Iba a ser un ensayo teórico. Y yo estaba muy contenta con ese libro: pensaba, bueno, ya he llegado a un lugar concreto, de cierta firmeza, se me ha contratado un libro antes de escribirlo, después de toda mi trayectoria corriendo tras Peter Pan, estudiándolo, investigándolo. Y, ostras, de repente, vino el cáncer.

Me enfadé mucho con la enfermedad, sentí como si estuviese fracasando por enfermar, como si fallara. Esto es muy fuerte, sentía que había fallado a la sociedad, consideré que, al enfermar, estaba fallando, fíjate hasta qué punto llega el asunto. Entonces, me di cuenta de que toda esa energía y vitalidad con la que vivía eran una energía y vitalidad que estaban performadas. 
Yo parecía una mujer invencible, me sentía de esa manera. He estudiado durante veinte años la juventud, es algo que obviamente me importa y quizá algo se queda, echa raíces y contamina. Entonces pensé: ¿cómo puede ser que me sienta fracasada? Al ver que me decía «estoy fallando a mi identidad, a lo que me impongo», pensé en reflexionar sobre qué sucede en la sociedad, en torno a la juventud y sus variables y  representaciones, para que me sienta de esa manera.

La midorexia, ¿no? Los clichés de la mediana edad…

La midorexia, exacto. Como ya no podemos parecer jóvenes —porque obviamente  ya no lo parecemos, porque no lo somos, tengo cincuenta años—, acuñé este término que había leído en algún suplemento: midorexia, es decir, tener un aspecto de edad indeterminada de medianada. Puedes tener cuarenta, cincuenta, a lo mejor cuarenta y cinco, pero si te echan cuarenta, por supuesto, mucho mejor, ¿no? Y estamos jugando a eso.

Creo que nunca ha habido ninguna generación que haya intentado prolongar la juventud tanto como la nuestra. Somos los primeros. Los hijos de los noventa. Esa década nos hizo mucho daño. Decía el psicólogo Dan Kiley, que a mí me interesa mucho por la terminología de Peter Pan, que la sociedad actual está llena de chicos y chicas perdidos al borde del precipicio adulto. Y no sabemos muy bien cómo gestionar la madurez.

Es un capítulo con los clichés de la mediana edad. Cuando tienes ciertos clichés y de repente te das cuenta de que tú te has convertido en un cliché. 

Hago una lista: por ejemplo, tener una agenda imposible , nunca se puede quedar contigo de repente, ya no hay tiempo. O hablo de lo que cuesta disimular la presbicia. 

Luego a mí me pasa, con la mediana edad, que no suelto el bolso porque pienso que me lo pueden robar. Esto es muy de madre. Y te escuchas diciendo frases que decían tus padres y pensabas "qué pereza de gente", y de repente estás diciendo lo mismo.

Y más cosas: mirarte en el espejo y pensar "estoy igual que cuando era joven", ponerte la misma ropa que hace veinticinco años y estar todo el rato queriendo que te digan que estás estupenda.

Llega un momento en que vivimos en esa midorexia, jóvenes no podemos parecer, pero queremos parecer de una mediana edad indeterminada. En esa edad indeterminada irrumpen los imperativos estéticos, entra el bótox, la obsesión por el crossfit.

Hago una clasificación de crisis de mediana edad. La crisis Peter Pan 2.0: antes se asociaba mucho a los hombres ,coche descapotable, amante joven y tal; ahora también estamos las mujeres aquí, suspendidas en ese vacío. La crisis mujeres que corren con los lobos: mujeres que de repente se ponen a correr, maratones, medias, viajes para hacer maratones; lo que quieren es echar a correr de sus vidas, a donde sea, con lobos o sin ellos. Y la crisis Love Story, esta es la mía: la llamé así por la película en la que Ali MacGraw era una enferma de cáncer perfecta, preciosa, que además redimía al hombre. Ella decía "amar es no decir nunca lo siento"
Pensé, claro, el símbolo de la mujer enferma que además tiene que ser un ejemplo de integridad, una lección para los demás y para ella misma.

Ese gestionar la madurez que comentabas antes me permite preguntarte por Garfio. En el ensayo escribes que este personaje no solo es el enemigo de Peter Pan, sino que es su doble invertido,
 "el adulto atrapado en la rigidez del tiempo". Vivimos atrapados, por lo tanto, en una construcción de la juventud que exige renuncias: una sociedad de tardeos y comportamientos vergonzosos en redes, simulacros y mímesis que ocultan las vidas reales que hay que atender. Jugamos a ser otros, esos dobles invertidos donde nadie asume responsabilidades.

Tenemos un comportamiento altamente juvencólico. Esta cosa del tardeo, seguir saliendo para sentir que estás vivo, que te pasan cosas todavía, habría que valorar qué cosas nos pasan, ¿no?. Los diversos tipos de crisis que te he comentado antes, que atraviesan la mediana edad. Antes era un cliché masculino, se ha ido transformando hasta llegar a nosotras, alcanzarnos. Esto también debería hacernos pensar. Parar y pensar.
Llega un momento en que ya no mola mostrar comportamientos en público, en el trabajo, que no te corresponden por edad.

Yo misma me he sentido en la mediana edad como ese limbo febril que te decía, lo cuento y narro, de no querer renunciar a mi yo joven, agarrarme a eso, seguir saliendo de copas y vestirme como si siguiera siendo joven. Mantenía una melena larguísima,como van las niñas de dieciocho, agarrándome ahí. Aunque sea madre y tenga pareja y pague un alquiler y tenga un montón de trabajo y responsabilidades. En realidad, me ha dado todo un poco igual. ¿Sabes por qué?

Porque me pensaba joven. Vivía con esa ligereza. 

Me parece interesante cómo defino a Garfio porque lo hemos contado siempre mal. También hemos contado mal la vida adulta. Barrie define a Garfio como un hombre melancólico: con el pelo largo, rizado como cirios negros; de un carácter fundamentalmente melancólico. ¿Y qué es Peter Pan? Un niño que lucha contra su yo adulto porque no quiere crecer. Es esta eterna persecución de no poder soportar al joven porque es ver que tú ya no estás ahí.

A mí, aparte por mi narrativa personal con Barrie y Peter Pan, me atraviesa físicamente: tengo aquí tatuado Garfio, y Garfio además es un hombre amputado como yo, que me convertí en una mujer amputada. De hecho, una enfermera en el hospital me dijo: "Mira, tienes tatuado Garfio, fíjate qué profecía, ¿no?". Quién iba a 
decir que justo además te iban a amputar el pecho derecho.

Garfio tiene una dignidad brutal. He leído mucho a Peter Pan desde muchos lugares y Garfio tiene una vida propia que Peter Pan no tiene. El propio Barrie llegó un momento en que afirmó haberse convertido en Peter Pan cuando empezó a escribir con la mano izquierda porque tuvo un bloqueo de escritor. En ese instante escribió que la adultez es convertirse en Garfio. A él le parecía oscuro. Pero Garfio es un personaje con mucha dignidad. Llega un momento en que se lanza a las fauces del cocodrilo,"qué imagen tan maravillosa, qué símbolo del tiempo, el reloj que va persiguiéndole". Garfio se lanza a las fauces del cocodrilo y se deja vencer por el tiempo. Eso tiene mucha elegancia, belleza y dignidad.

Por eso me gusta que hayas dicho que este libro es una toma de tierra por la aparición de la enfermedad, ese salir del país de las hadas y poner los pies en el suelo. Perdí el control, en realidad. Cuando me dijeron que tenía cáncer pensé que era imposible porque era joven. 

En el capítulo que titulas «Adultiscencia» explicas cómo hemos llegado a este punto. 

¿Por qué es peligroso quedarse en una edad simbólica?
 ¿Y cómo enlaza esto con el carpe diem?

En «Adultiscencia» voy explicando cómo hemos llegado aquí: todas las renuncias, y el peligro, que se hacen cuando te quedas en una edad muy concreta cuando ya no tienes esa edad y te anclas, en realidad, a un terreno exclusivamente simbólico. Hablo del carpe diem, que te exige no tener responsabilidad sobre nada y que está causando, más allá de desastres y accidentes individuales, grandes catástrofes colectivas. Vivimos como si la acción en el otro no tuviera ningún tipo de recorrido porque, total, sigo siendo medio adolescente y medio joven.

Hay un instante en el que percibes, creo que ya lo hemos comentado, que ya no mola ni te posiciona contar, al llegar al trabajo, que anoche saliste hasta las tantas, que tienes una resaca horrible. En realidad, estás en casa, con resaca y con un niño pequeño al lado. Y lo miras y te sientes una mierda. Ese niño es un espejo para nosotros. La infancia es un espejo que nos está cuestionando y el reflejo que nos devuelve es bastante crudo.

Últimamente pienso mucho sobre ese reemplazo de adultos por niños en una sociedad que penaliza la presencia de la infancia, pero no el comportamiento infantil del adulto. Quienes tenemos hijos e hijas
sabemos de su radical importancia, de cómo te hacen ir más allá de uno mismo.

¿Cómo hemos llegado a este contexto social?
¿Es posible salir de aquí?

Yo fui madre mayor, con cuarenta y dos. Prolongué mi juventud todo lo posible y la performé mucho en el escaparate de las redes, como venimos hablando. Y es horrible lo que pasa: estás con tu hijo y estás mirando Instagram a ver cuánta gente ha mirado un puto story. ¿Qué pasa con el mundo real, con el niño que está aquí? 

¿En qué momento me he vuelto tan gilipollas que estoy viendo si alguien me dice que estoy guapa, si lo ha visto no sé quién, si lo ha visto un ex para que se joda?

Nos están empujando al escaparate de la mímesis y la performatividad y hace que no prestemos atención a lo presencial y físico.

Un niño te recuerda constantemente que tienes responsabilidades no solo con él, sino con la sociedad. En psicología evolutiva se dice que en la medianada lo que uno tiene que aprender es a cuidar a otro y olvidarse de sí mismo. 

¿Qué estamos haciendo en el siglo XXI?

Centrarnos cada vez más en nosotros mismos en la medianada y desplazar al otro, al que tenemos que cuidar. La generatividad y el cuidado, según todos los psicólogos evolutivos del siglo XX, es nuestra misión primordial en la mediana edad. 
Y no lo estamos haciendo. Nos estamos mirando demasiado en el espejo. Nos hemos convertido en una reina de Blancanieves.

(Silvia Herreros de Tejada: Entrevista en Jot Down)

12 junio 2026

La verdad y sus dificultades (5): Proceder con astucia para difundir la verdad

 

(Bertold Brecht)


Orgullosos de su valor para escribir la verdad, contentos de haberla descubierto, cansados sin duda de los esfuerzos que supone el hacerla operante, algunos esperan impacientes que sus lectores la disciernan. De ahí que les parezca vano proceder con astucia para difundir la verdad.

Confucio alteró el texto de un viejo almanaque popular cambiando algunas palabras: en lugar de escribir «el maestro Kun hizo matar al filósofo Wan», escribió: «el maestro Kun hizo asesinar al filósofo Wan». En el pasaje donde se hablaba de la muerte del tirano Sundso, «muerto en un atentado», reemplazó la palabra «muerto» por «ejecutado», abriendo la vía a una nueva concepción de la historia.

El que en la actualidad reemplaza «pueblo» por «población», y «tierra» por «propiedad rural», se niega ya a acreditar algunas mentiras, privando a algunas palabras de su magia. La palabra «pueblo» implica una unidad fundada en intereses comunes; sólo habría que emplearla en plural, puesto que únicamente existen «intereses comunes» entre varios pueblos. La «población» de una misma región tiene intereses diversos e incluso antagónicos. Esta verdad no debe ser olvidada. Del mismo modo, el que dice «la tierra», personificando sus encantos, extasiándose ante su perfume y su colorido, favorece las mentiras de la clase dominante. Al fin y al cabo, ¡qué importa la fecundidad de la tierra, el amor del hombre por ella y su infatigable ardor al trabajarla!: lo que importa es el precio del trigo y el precio del trabajo. El que saca provecho de la tierra no es nunca el que recoge el trigo, y «el gesto augusto del sembrador» no se cotiza en Bolsa. El término justo es «propiedad rural».

Cuando reina la opresión, no hablemos de «disciplina», sino de «sumisión» pues la disciplina excluye la existencia de una clase dominante. Del mismo modo, el vocablo «dignidad» vale más que la palabra «honor», pues tiene más en cuenta al hombre. Todos sabemos qué clase de gente se precipita para tener la ventaja de defender el «honor» de un pueblo, y con qué liberalidad los ricos distribuyen el «honor» a los que trabajan para enriquecerlos.

La astucia de Confucio es utilizable también en nuestros días. También la de Tomás Moro. Este último describió un país utópico idéntico a la Inglaterra de aquella época, pero en el que las injusticias se presentaban como costumbres admitidas por todo el mundo.

Cuando Lenin, perseguido por la policía del Zar, quiso dar una idea de la explotación de Sajalín por la burguesía rusa, sustituyó Rusia por el Japón y Sajalín por Corea. La identidad de las dos burguesías era evidente, pero como Rusia estaba en guerra con el Japón la censura dejó pasar el trabajo de Lenin.

Hay una infinidad de astucias posibles para engañar a un Estado receloso. Voltaire luchó contra las supersticiones religiosas de su tiempo escribiendo la historia galante de «La Doncella de Orleans»: describiendo en un bello estilo aventuras galantes sacadas de la vida de los grandes. Voltaire llevó a éstos a abandonar la religión (que hasta entonces tenían por caución de su vida disoluta). De repente se hicieron los propagadores celosos de las obras de Voltaire y ridiculizaron a la policía que defendía sus privilegios. La actitud de los grandes permitió la difusión ilícita de las ideas del escritor entre el público burgués, hacia el que precisamente apuntaba Voltaire.

Decía Lucrecio que contaba con la belleza de sus versos para la propagación de su ateísmo epicúreo. Las virtudes literarias de una obra pueden favorecer su difusión clandestina. Pero hay que reconocer que a veces suscitan múltiples sospechas. De ahí la necesidad de descuidarlas deliberadamente en ciertas ocasiones. Tal sería el caso, por ejemplo, si se introdujera en una novela policíaca —género literario desacreditado— la descripción de condiciones sociales intolerables. A mi modo de ver, esto justificaría completamente la novela policíaca.

En la obra de Shakespeare se puede encontrar un modelo de verdad propagada por la astucia: el discurso de Antonio ante el cadáver de César. Afirmando constantemente la respetabilidad de Bruto, cuenta su crimen, y la pintura que hace de él es mucho más aleccionadora que la del criminal. Dejándose dominar por los hechos, Antonio saca de ellos su fuerza de convicción mucho más que de su propio juicio.

Jonathan Swift propuso en un panfleto que los niños de los pobres fueran puestos a la venta en las carnicerías para que reinara la abundancia en el país. Después de efectuar cálculos minuciosos, el célebre escritor probó que se podrían realizar economías importantes llevando la lógica hasta el fin. Swift jugaba al monstruo. Defendía con pasión absolutista algo que odiaba. Era una manera de denunciar la ignominia. Cualquiera podía encontrar una solución más sensata que la suya, o al menos más humana; sobre todo, aquellos que no habían comprendido a dónde conducía este tipo de razonamiento.

Militar a favor del pensamiento, sea cual fuere la forma que éste adopte, sirve la causa de los oprimidos. En efecto, los gobernantes al servicio de los explotadores consideran el pensamiento como algo despreciable. Para ellos lo que es útil para los pobres es pobre. La obsesión que estos últimos tienen por comer, por satisfacer su hambre, es baja. Es bajo menospreciar los honores militares cuando se goza de este favor inestimable: batirse por un país cuando se muere de hambre. Es bajo dudar de un jefe que os conduce a la desgracia. El horror al trabajo que no alimenta al que lo efectúa es asimismo una cosa baja, y baja también la protesta contra la locura que se impone y la indiferencia por una familia que no aporta nada. Se suele tratar a los hambrientos como gentes voraces y sin ideal, de cobardes a los que no tienen confianza en sus opresores, de derrotistas a los que no creen en la fuerza, de vagos a los que pretenden ser pagados por trabajar, etc. Bajo semejante régimen, pensar es una actividad sospechosa y desacreditada. ¿Dónde ir para aprender a pensar? A todos los lugares donde impera la represión.

Sin embargo, el pensamiento triunfa todavía en ciertos dominios en que resulta indispensable para la dictadura. En el arte de la guerra, por ejemplo, y en la utilización de las técnicas. Resulta indispensable pensar para remediar, mediante la invención de tejidos «ersatz», la penuria de lana. Para explicar la mala calidad de los productos alimenticios o la militarización de la juventud no es posible renunciar al pensamiento. Pero recurriendo a la astucia se puede evitar el elogio de la guerra, al que nos incitan los nuevos maestros del pensamiento. Así, la cuestión ¿cómo orientar la guerra? lleva a la pregunta: ¿vale la pena hacer la guerra? Lo que equivale a preguntar: ¿cómo evitar la guerra inútil? Evidentemente, no es fácil plantear esta cuestión en público hoy. Pero ¿quiere decir esto que haya que renunciar a dar eficacia a la verdad? Evidentemente no.

Si en nuestra época es posible que un sistema de opresión permita a una minoría explotar a la mayoría, la razón reside en una cierta complicidad de la población, complicidad que se extiende a todos los dominios. Una complicidad análoga, pero orientada en sentido contrario, puede arruinar el sistema. Por ejemplo, los descubrimientos biológicos de Darwin eran susceptibles de poner en peligro todo el sistema, pero solamente la Iglesia se inquietó. La policía no veía en ello nada nocivo. Los últimos descubrimientos físicos implican consecuencias de orden filosófico que podrían poner en tela de juicio los dogmas irracionales que utiliza la opresión. Las investigaciones de Hegel en el dominio de la lógica facilitaron a los clásicos de la revolución proletaria, Marx y Lenin, métodos de un valor inestimable. Las ciencias son solidarias entre sí, pero su desarrollo es desigual según los dominios; el Estado es incapaz de controlarlos todos. Así, los pioneros de la verdad pueden encontrar terrenos de investigación relativamente poco vigilados. Lo importante es enseñar el buen método, que exige que se interrogue a toda cosa a propósito de sus caracteres transitorios y variables. Los dirigentes odian las transformaciones: desearían que todo permaneciese inmóvil, a ser posible durante un milenio: que la Luna se detuviese y el Sol interrumpiese su carrera. Entonces nadie tendría hambre ni reclamaría alimentos. Nadie respondería cuando ellos abriesen fuego; su salva sería necesariamente la última.

Subrayar el carácter transitorio de las cosas equivale a ayudar a los oprimidos. No olvidemos jamás recordar al vencedor que toda situación contiene una contradicción susceptible de tomar vastas proporciones. Semejante método —la dialéctica, ciencia del movimiento de las cosas— puede ser aplicado al examen de materias como la Biología y la Química, que escapan al control de los poderosos, pero nada impide que se aplique al estudio de la familia; no se corre el riesgo de suscitar la atención. Cada cosa depende de una infinidad de otras que cambian sin cesar; esta verdad es peligrosa para las dictaduras. Pues bien, hay mil maneras de utilizarla en las mismas narices de la policía. Los gobernantes que conducen a los hombres a la miseria quieren evitar a todo precio que, en la miseria, se piense en el Gobierno. De ahí que hablen de Destino. Es al Destino, y no al Gobierno, al que atribuyen la responsabilidad de las deficiencias del régimen. Y si alguien pretende llegar a las causas de estas insuficiencias, se le detiene antes de que llegue al Gobierno.

Pero en general es posible reclinar los lugares comunes sobre el Destino y demostrar que el hombre se forja su propio destino. Ahí tenéis el ejemplo de esa granja islandesa sobre la que pesaba una maldición. La mujer se había arrojado al agua, el hombre se había ahorcado. Un día, el hijo se casó con una joven que aportaba como dote algunas hectáreas de tierra. De golpe, se acabó la maldición. En la aldea se interpretó el acontecimiento de diversos modos. Unos lo atribuyeron al natural alegre de la joven; otros a la dote, que permitía, al fin, a los propietarios de la granja comenzar sobre nuevas bases. Incluso un poeta que describe un paisaje puede servir a la causa de los oprimidos si incluye en la descripción algún detalle relacionado con el trabajo de los hombres. En resumen: importa emplear la astucia para difundir la verdad.
(Bertold Brecht 1934)

10 junio 2026

La verdad y sus dificultades (4): Como saber a quien confiar la verdad

(Bertold Brecht)


Un hábito secular, propio del comercio de la cosa escrita, hace que el escritor no se ocupe de la difusión de sus obras. Se figura que su editor, u otro intermediario, las distribuye a todo el mundo. Y se dice: yo hablo, y los que quieren entenderme, me entienden. En la realidad, el escritor habla, y los que pueden pagar, le entienden. Sus palabras jamás llegan a todos, y los que las escuchan no quieren entenderlo todo.
Sobre esto se ha dicho ya muchas cosas, pero no las suficientes. Transformar la «acción de escribir a alguien» en «acto de escribir» es algo que me parece grave y nocivo. La verdad no puede ser simplemente escrita; hay que escribirla a alguien. A alguien que sepa utilizarla. Los escritores y los lectores descubren la verdad juntos.

Para ser revelado, el bien sólo necesita ser bien escuchado, pero la verdad debe ser dicha con astucia y comprendida del mismo modo. Para nosotros, escritores, es importante saber a quién la decimos y quién nos la dice; a los que viven en condiciones intolerables debemos decirles la verdad sobre esas condiciones, y esa verdad debe venirnos de ellos. No nos dirijamos solamente a las gentes de un solo sector: hay otros que evolucionan y se hacen susceptibles de entendernos. Hasta los verdugos son accesibles, con tal que comiencen a temer por sus vidas. Los campesinos de Baviera, que se oponían a todo cambio de régimen, se hicieron permeables a las ideas revolucionarias cuando vieron que sus hijos, al volver de una larga guerra, quedaban reducidos al paro forzoso.

La verdad tiene un tono. Nuestro deber es encontrarlo. Ordinariamente se adopta un tono suave y dolorido: «yo soy incapaz de hacer daño a una mosca». Esto tiene la virtud de hundir en la miseria a quien lo escucha. No trataremos como enemigos a quienes emplean este tono, pero no podrán ser nuestros compañeros de lucha. La verdad es de naturaleza guerrera, y no sólo es enemiga de la mentira, sino de los embusteros.

(Bertold Brecht 1934)

08 junio 2026

La verdad y sus dificultades (3): El arte de hacer la verdad manejable como arma

(Bertold Brecht)

La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben.
Hay verdades sin consecuencias prácticas. Por ejemplo, esa opinión tan extendida sobre la barbarie: el fascismo sería debido a una oleada de barbarie que se ha abatido sobre varios países, como una plaga natural. Así, al lado y por encima del capitalismo y del socialismo habría nacido una tercera fuerza: el fascismo. Para mí, el fascismo es una fase histérica del capitalismo, y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo. En un país fascista el capitalismo existe solamente como fascismo. Combatirlo es combatir el capitalismo, y bajo su forma más cruda, más insolente, más opresiva, más engañosa.

Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo —que se condena— si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica.

Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo.

Los demócratas burgueses condenan con énfasis los métodos bárbaros de sus vecinos, y sus acusaciones impresionan tanto a sus auditorios que éstos olvidan que tales métodos se practican también en sus propios países.

Ciertos países logran todavía conservar sus formas de propiedad gracias a medios menos violentos que otros. Sin embargo, los monopolios capitalistas originan por doquier condiciones bárbaras en las fábricas, en las minas y en los campos. Pero mientras que las democracias burguesas garantizan a los capitalistas, sin recurso a la violencia, la posesión de los medios de producción, la barbarie se reconoce en que los monopolios sólo pueden ser defendidos por la violencia declarada.

Ciertos países no tienen necesidad, para mantener sus monopolios bárbaros, de destruir la legalidad instituida, ni su confort cultural (filosofía, arte, literatura); de ahí que acepten perfectamente oír a los exiliados alemanes estigmatizar su propio régimen por haber destruido esas comodidades. A sus ojos es un argumento suplementario en favor de la guerra.

¿Puede decirse que respetan la verdad los que gritan: «Guerra sin cuartel a Alemania, que es hoy la verdadera patria del Mal, la oficina del Infierno, el trono del Anticristo»? No. Los que así gritan son tontos, impotentes gentes peligrosas. Sus discursos tienden a la destrucción de un país, de un país entero con todos sus habitantes, pues los gases asfixiantes no perdonan a los inocentes.

Los que ignoran la verdad se expresan de un modo superficial, general e impreciso. Peroran sobre el «alemán», estigmatizan el «mal», y sus auditorios se interrogan: ¿Debemos dejar de ser alemanes? ¿Bastará con que seamos buenos para que el infierno desaparezca? Cuando manejan sus tópicos sobre la barbarie salida de la barbarie resultan impotentes para suscitar la acción. En realidad no se dirigen a nadie. Para terminar con la barbarie se contentan con predicar la mejora de las costumbres mediante el desarrollo de la cultura. Eso equivale a limitarse a aislar algunos eslabones en la cadena de las causas y a considerar como potencias irremediables ciertas fuerzas determinantes, mientras que se dejan en la oscuridad las fuerzas que preparan las catástrofes. Un poco de luz y los verdaderos responsables de las catástrofes aparecen claramente: los hombres. Vivimos una época en que el destino del hombre es el hombre.

El fascismo no es una plaga que tendría su origen en la «naturaleza» del hombre. Por lo demás, es un modo de presentar las catástrofes naturales que restituyen al hombre su dignidad porque se dirigen a su fuerza combativa.

El que quiera describir el fascismo y la guerra —grandes desgracias, pero no calamidades «naturales»— debe hablar un lenguaje práctico: mostrar que esas desgracias son un efecto de la lucha de clases; poseedores de medios de producción contra masas obreras. Para presentar verídicamente un estado de cosas nefasto, mostrad que tiene causas remediables. Cuando se sabe que la desgracia tiene un remedio, es posible combatirla.
(Bertold Brecht 1934)

06 junio 2026

La verdad y sus dificultades (2): La inteligencia necesaria para descubrir la verdad

(Bertold Brecht)


Tampoco es fácil descubrir la verdad. Por lo menos la que es fecunda. Así, según opinión general, los grandes Estados caen uno tras otro en la barbarie extrema. Y una guerra intestina que se desarrolla implacablemente puede degenerar en cualquier momento en un conflicto generalizado que convertiría nuestro continente en un montón de ruinas. Evidentemente, se trata de verdades. No se puede negar que llueve hacia abajo: numerosos poetas escriben verdades de este género. Son como el pintor que cubría de frescos las paredes de un barco que se estaba hundiendo. El haber resuelto nuestra primera dificultad les procura una cierta dificultad de conciencia. Es cierto que no se dejan engañar por los poderosos, pero ¿escuchan los gritos de los torturados? No; pintan imágenes. Esta actitud absurda les sume en un profundo desconcierto, del que no dejan de sacar provecho; en su lugar otros buscarían las causas. No creáis que sea cosa fácil distinguir sus verdades de las vulgaridades referentes a la lluvia; al principio parecen importantes, pues la operación artística consiste precisamente en dar importancia a algo. Pero mirad la cosa de cerca: os daréis cuenta que no dejan de decir: no se puede impedir que llueva hacia abajo.

También están los que por falta de conocimientos no llegan a la verdad. Y, sin embargo, distinguen las tareas urgentes y no temen a los poderosos ni a la miseria. Pero viven de antiguas supersticiones, de axiomas célebres a veces muy bellos. Para ellos el mundo es demasiado complicado: se contentan con conocer los hechos e ignorar las relaciones que existen entre ellos.

Me permito decir a todos los escritores de esta época confusa y rica en transformaciones que hay que conocer el materialismo dialéctico, la economía y la historia. Tales conocimientos se adquieren en los libros y en la práctica si no falta la necesaria aplicación. Es muy sencillo descubrir fragmentos de verdad, e incluso verdades enteras. 

El que busca necesita un método, pero se puede encontrar sin método, e incluso sin objeto que buscar. Sin embargo, ciertos procedimientos pueden dificultar la explicación de la verdad: los que la lean serán incapaces de transformar esa verdad en acción. Los escritores que se contentan con acumular pequeños hechos no sirven para hacer manejables las cosas de este mundo. Pues bien, la verdad no tiene otra ambición. Por consiguiente esos escritores no están a la altura de su misión.
(Bertold Brecht 1934)

04 junio 2026

La verdad y sus dificultades (1): El valor de escribir la verdad

(Bertold Brecht)

Para mucha gente es evidente que el escritor deba escribir la verdad; es decir, no debe rechazarla ni ocultarla, ni deformarla. No debe doblegarse ante los poderosos; no debe engañar a los débiles. Pero es difícil resistir a los poderosos y muy provechoso engañar a los débiles. Incurrir en la desgracia ante los poderosos equivale a la renuncia, y renunciar al trabajo es renunciar al salario. Renunciar a la gloria de los poderosos significa frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo ello se necesita mucho valor.

Cuando impera la represión más feroz gusta hablar de cosas grandes y nobles. Es entonces cuando se necesita valor para hablar de las cosas pequeñas y vulgares, como la alimentación y la vivienda de los obreros. Por doquier aparece la consigna: «No hay pasión más noble que el amor al sacrificio».

En lugar de entonar ditirambos sobre el campesino hay que hablar de máquinas y de abonos que facilitarían el trabajo que se ensalza. Cuando se clama por todas las antenas que el hombre inculto e ignorante es mejor que el hombre cultivado e instruido, hay que tener valor para plantearse el interrogante: ¿Mejor para quién? Cuando se habla de razas perfectas y razas imperfectas, el valor está en decir: ¿Es que el hambre, la ignorancia y la guerra no crean taras?

También se necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo cuando se es un vencido. Muchos perseguidos pierden la facultad de reconocer sus errores, la persecución les parece la injusticia suprema; los verdugos persiguen, luego son malos; las víctimas se consideran perseguidas por su bondad. En realidad esa bondad ha sido vencida. Por consiguiente, era una bondad débil e impropia, una bondad incierta, pues no es justo pensar que la bondad implica la debilidad, como la lluvia la humedad. Decir que los buenos fueron vencidos no porque eran buenos sino porque eran débiles requiere cierto valor.

Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la verdad no debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son estas las brechas por donde se desliza la mentira. El mentiroso se reconoce por su afición a las generalidades, como el hombre verídico por su vocación a las cosas prácticas, reales, tangibles. No se necesita un gran valor para deplorar en general la maldad del mundo y el triunfo de la brutalidad, ni para anunciar con estruendo el triunfo del espíritu en países donde éste es todavía concebible. Muchos se creen apuntados por cañones cuando solamente gemelos de teatro se orientan hacia ellos. Formulan reclamaciones generales en un mundo de amigos inofensivos y reclaman una justicia general por la que no han combatido nunca. También reclaman una libertad general: la de seguir percibiendo su parte habitual del botín. En síntesis sólo admiten una verdad: la que les suena bien.

Pero si la verdad se presenta bajo una forma seca, en cifras y en hechos, y exige ser confirmada, ya no sabrán qué hacer. Tal verdad no les exalta. Del hombre veraz sólo tienen la apariencia. Su gran desgracia es que no conocen la verdad.

(Bertold Brecht 1934))

24 mayo 2026

La IA sin acentos

 


Cuando iba al colegio, nos hinchaban a redacciones, teniamos que escribir sin faltas de ortografia, con los acentos correctos (esto aun me sigue costando) y con buena letra. La caligrafia era importante. Los tiempos han cambiado.

Siempre he sido una persona que disimula, aunque creo que no le he conseguido. Ahora le llaman "maskin", ponerse una mascara adecuada a cada situación. En la adolescencia esto se vio confirmado por Lao-Tse, "si estas con tontos hazte el tonto", y hasta aqui hemos llegado. 

Tras las oposiciones consegui el equilibrio tramitando los expedientes justos, ni uno mas para no parecer "pelota", ni uno menos para no parecer un vago. Lo justo, sin pasarse. Hablando de futbol en el cafe, lo malos que son los politicos y "esto lo arreglaba yo en un momento".

Tras el despido masivo en mi oficina al incorporar la IA en el trabajo, han descubierto que una maquina hace el trabajo de todos y no pide Moscosos. Sí, hemos perdido humanidad, pero Gutierrez tampoco tenia mucha cuando les hacia dar cincuenta vueltas a las peticiones.

Me han ofrecido colaborar "humanizando" la inteligencia artificial, tengo que quitar los acentos (Esto no me cuesta mucho), hacer faltas de ortografia controladas y "perder el control" de vez en cuando, tengo un protocolo de frases a utilizar:

"Aunque Vd pague sus impuestos estamos escasos de personal y recursos"

"A mi trateme con respeto, que yo no le he faltado"

"Venga Vd. mañana que el que atiende esto no esta ahora"


Parece ser que la gente esta más tranquila, eso de que la atendiera una maquina fría y correctamente no les acababa de gustar.
¡Que tiempos!

(Evaristo Cienpozuelos)