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02 octubre 2026

Un hombre feliz no puede ser escritor

 

(Paul Theroux)

"Dos consejos para ser escritor: Lee mucho y largate de casa (viajar)"

"Cuando viajo no me interesan los edificios y los monumentos. Busco la arquitectura humana"

"Cuando envejeces, te vuelves invisible. Nadie se te acerca, nadie te habla, nadie trata de venderte nada. Y eso es perfecto para un escritor de viajes. Te permite observar sin interferencias."

"El turismo se hace para pasarlo bien. Los viajes de verdad se hacen para pasarlo mal. Ponen a prueba tu ingenio, tu fuerza y tu capacidad de supervivencia."

"Un hombre feliz no puede ser escritor. Esta demasiado ocupado siendo feliz"

(Paul Theroux)

28 diciembre 2025

Viajar la manera mas aceptada de joder el mundo

(Foto Klearchos Kapoutsis)

Hay un momento, justo antes de sacar el billete de avión —siempre con ese vértigo de quien siente que está a punto de cometer un acto moralmente discutible pero socialmente premiado— en el que una debería detenerse a pensar si lo que está comprando es realmente un desplazamiento o, más bien, una forma particularmente sofisticada de extractivismo emocional, una operación estética mediante la cual nos apropiamos del aura ajena del mismo modo en que las viejas potencias europeas saqueaban minerales, paisajes y vidas. Solo que al viajar el botín no se empaqueta en contenedores, sino en una colección de sensaciones que registramos en el móvil para demostrarnos, y demostrarle al mundo, que seguimos siendo personas que sienten cosas con lugares lejos del de su origen.

El turismo —esta monstruosidad contemporánea que combina la ingenuidad del explorador amateur con la codicia silenciosa del inversor inmobiliario— se ha convertido en la industria más eficaz de todas las que operan sobre la sensibilidad, porque vende emociones ya precocinadas, experiencias calibradas para que el visitante crea que está viviendo algo irrepetible cuando, en realidad, se trata de un menú degustación de identidades locales preparadas para gustar sin molestar, para parecer auténticas sin correr el riesgo de serlo. Y aquí estamos todas —yo también, tú también— convertidas en arqueólogas cutres que recorren ciudades ajenas con el ansia de quienes necesitan sentir un golpe de realidad aunque sea un golpe manufacturado. Porque lo que mueve al turista cultural moderno no es la curiosidad, ni la voluntad de comprender, ni siquiera el viejo deseo romántico de perderse en tierras extrañas, sino algo mucho más primario: la necesidad de llevarse a casa una especie de souvenir interior, una emoción que parezca intensa y que pueda exhibirse, aunque se desvanezca en cuanto la ciudad se cierre sobre sí misma y siga viviendo sin nosotros. Viajar, hoy, consiste en extraer vivencias que no nos pertenecen, en alquilar una parcela diminuta del alma de una ciudad que no pide ser entendida, solo sobrevivir.

Y, sin embargo, seguimos haciéndolo, porque la maquinaria cultural que rodea al turismo nos convence de que desplazarse es sinónimo de ilustración, de apertura, de esa espiritualidad difusa que una alcanza cuando interpreta el acto de caminar por calles ajenas como si fueran un escenario diseñado para nuestro crecimiento interior. Somos, sin quererlo, personajes secundarios convencidos de ser protagonistas, vampiros emocionales de baja intensidad que recorren barrios gentrificados buscando intensidad en geografías agotadas.

Cuando viajamos ejercemos una violencia suave —pero violencia al fin y al cabo— al convertir las ciudades en recipientes de nuestra necesidad de significarnos. No es una acusación personal, sino un diagnóstico: incluso cuando viajamos con respeto, viajamos dentro de un sistema que solo entiende el mundo como algo que debe servirnos. Y ahí empieza todo el desastre.

Lo más perverso de este proceso —y lo más invisible para quien llega con la ilusión de vivir «la ciudad real», ese eufemismo sentimental que sirve para justificar cualquier intromisión— es que las ciudades ya no existen para sí mismas sino para el visitante. No porque los habitantes lo hayan decidido, sino porque la presión inmobiliaria, la industria del ocio y la lógica global del «haz que tu ciudad sea rentable» han ido desmontando, pieza a pieza, cualquier posibilidad de que un barrio se pertenezca a sí mismo. Barcelona es el laboratorio perfecto de esta mutación: un ecosistema que, expulsado de su identidad por la acumulación de capital turístico, ha sido reconfigurado como escenario de intensidad mediterránea, un parque temático de callejones bien iluminados, cafeterías con estética de barrio que jamás fueron barrio y pisos turísticos que proliferan con la rapidez de un tumor benigno en apariencia pero devastador en su crecimiento. El visitante camina por la calle creyendo que participa de una vida nocturna genuina mientras el vecino que vivía encima ha sido expulsado por un alquiler multiplicado por tres. Y nadie ve el cadáver que hay debajo del decorado.

Madrid, más sobria en su manera de venderse, juega a un teatro todavía más cínico: el de la ciudad que se proclama capital de la libertad mientras entrega sus calles a fondos buitre que compran edificios enteros en operaciones infames con la complicidad de su gobierno , mientras permite que el dinero de narcos, evasores y fortunas opacas se lave discretamente en promociones inmobiliarias que multiplican por diez el precio de cualquier piso. Madrid ha convertido la vivienda en un casino vertical donde las reglas cambian cada año a favor del apostador más feroz, mientras los servicios públicos se vacían, se privatizan o se degradan hasta la extenuación para justificar que «no funcionan», y la hostelería usufructúa el espacio público como si fuera un acto natural de su existencia: terrazas que ocupan aceras, calles secuestradas por la estética del consumo perpetuo, ruido elevado a categoría moral. La libertad, en esta versión madrileña, es simplemente la libertad del zorro cuando se le abre la puerta del gallinero. Y el turista —que llega hipnotizado por una ciudad que dice no dormir nunca— no ve el cadáver urbano sobre el que pisa, porque la mercadotecnia ha hecho un trabajo perfecto: convertir la depauperación en ambiente, el saqueo en «vibras», la desigualdad en «autenticidad castiza».

Málaga, por acabar con otro caso particular, se ha convertido en el ejemplo más obsceno de transformación turística acelerada: una ciudad que se vendió al cuento de la «cultura accesible», del «nuevo Soho», del «hub tecnológico», y que hoy es un circuito de museos de marca, restaurantes que replican recetas globalizadas y barrios donde los precios se han vuelto impronunciables para cualquier malagueño que no haya nacido con el privilegio de una herencia. Aquí la figura del nómada digital adquiere su forma más acabada: el profesional cosmopolita que llega con su sueldo de empresa extranjera, alquila un estudio a precio de oro, exige «espacios creativos» donde antes había un ultramarinos, y contribuye a la expulsión progresiva de cualquiera que no pueda competir con su poder adquisitivo. Málaga se ha convertido en el tablero perfecto para esta nueva oleada de colonización amable: coworkings donde antes había vida de barrio, cafés que simulan autenticidad artesanal, pisos turísticos camuflados como viviendas, todo envuelto en un clima que solo parece local cuando sopla el terral. La ciudad ya es un escaparate. Cambia de piel tan deprisa que a veces da la impresión de que lo único verdaderamente suyo que queda es el terral. Todo lo demás está diseñado para resultar familiar a la mirada turística.

La mutación urbana no es un accidente ni una fatalidad del capitalismo tardío. Es un proyecto con nombres, apellidos y cuentas corrientes beneficiadas, una operación sostenida por gobiernos que legislan para que los fondos buitre babeen arrastrando los pies por la alfombra roja, por alcaldías que reducen la ciudad a un producto explotable, por normativas diseñadas para premiar al visitante y castigar al vecino. Es especulación calculada. Es una fe casi religiosa en el turismo como motor económico, aunque ese motor funcione quemando a quienes sostienen la vida real del barrio. Y es, también, la manía contemporánea del viajero que necesita desplazarse constantemente para confirmar que sigue vivo, aunque el precio de esa comprobación lo pague siempre otro. El visitante llega buscando una emoción y la ciudad aprende a fabricarla, a reproducirla en serie, a desnaturalizarse hasta parecer un holograma de sí misma con tal de mantener abierto el grifo del dinero fácil.

Por eso las urbes han sustituido su pulso por un mandato económico disfrazado de hospitalidad: que el visitante se sienta vivo, que el visitante se sienta especial, que el visitante se sienta en casa. Y como para que uno se sienta en casa otra debe marcharse, la ciudad sacrifica sin pestañear todo lo que la hacía verdaderamente suya: sus ritmos, sus precios, sus calles vividas, sus ruidos y silencios, su conflicto, su memoria. Todo queda reducido a un decorado amable al gusto del último algoritmo que dicta qué rincón debe convertirse hoy en escenario.

Incluso el viajero que se esfuerza en actuar con cuidado (si es que ese existe y no es otro personaje de Pantomima Full) acaba dentro del mismo engranaje, porque el turismo ha perfeccionado la capacidad de convertir cualquier gesto ético en parte del negocio. Las ciudades ofrecen «experiencias responsables», «rutas sostenibles», «consumo local certificado»: es la misma lógica de siempre envuelta en una pátina amable para tranquilizar conciencias. Nada cambia en el fondo, cambia el envoltorio. No es una cuestión de intenciones individuales. Es la estructura. El visitante, por bien que actúe, activa la maquinaria económica que encarece el barrio, desplaza actividades esenciales y transforma la ciudad en función de su mirada. Y la ciudad, que ha aprendido a interpretar la sensibilidad del turista bohemio, reproduce una autenticidad a medida: mercados «artesanales» sin artesanos, diversidad empaquetada para la foto, barrios convertidos en decorado pedagógico. Viajar con buenas intenciones no detiene el proceso, simplemente lo hace más rentable. El sistema absorbe incluso la delicadeza y la convierte en producto.

Y si el turismo tradicional ya convertía las ciudades en productos, el turismo guiado por algoritmos las reduce a un tablero donde cada esquina compite por aparecer en una foto. Instagram decide qué calle «tiene alma», aunque sea un tramo de acera que jamás interesó a nadie antes de que un creador de contenido lo declarara «imprescindible». TikTok transforma descampados, murales improvisados y cafés anodinos en «spots poéticos» durante quince días, tiempo suficiente para atraer una riada de visitantes que colapsan el lugar antes de que la moda gire hacia otro punto del mapa. Y Google Maps, con sus puntuaciones que parecen objetivas, certifica qué bar ofrece «auténtica cocina local», aunque la mitad del menú haya sido diseñado para agradar a la mirada turística. La ciudad ya no se adapta al visitante, se adapta al algoritmo que predice lo que el visitante querrá fotografiar dentro de dos semanas. Los barrios se reorganizan para cumplir con ese imaginario, se pintan murales para que parezcan espontáneos, se abren locales que simulan haber existido siempre, se programan experiencias que encajan en la narrativa digital del momento. Todo ocurre antes de que el viajero llegue; la autenticidad es un producto que se fabrica de antemano.

El resultado es una geografía condicionada por la foto, la visita de dos minutos, la estética del consumo rápido. Las ciudades ya no compiten en calidad de vida, sino en «viralidad potencial», en número de rincones preparados para convertirse en contenido.

Después de recorrer este paisaje de ciudades agotadas, barrios convertidos en parque temático y vidas expulsadas en nombre de la «experiencia», queda una conclusión incómoda: quizá la única manera honesta de viajar hoy sea, sencillamente, no viajar. No como renuncia monástica ni como gesto de virtud pública, sino como un acto mínimo de responsabilidad. Dejar de participar —aunque sea por un rato— en la rueda que convierte la vida ajena en un estímulo consumible. No viajar como gesto de humildad, como una forma de mirar el mapa y reconocer que no todo lugar está esperando recibirnos, que no toda ciudad quiere ser escenario, que hay sitios cuya verdadera protección consiste en nuestra ausencia. No viajar porque viajar, tal y como se fomenta, es una maquinaria que devora la vivienda, prostituye la cultura y convierte la memoria de los lugares en una postal que se renueva cada temporada. No viajar porque el planeta está cansado de servir de plató y las ciudades están cansadas de funcionar como pista de aterrizaje emocional para visitantes que confunden hospitalidad con disponibilidad ilimitada. Viajar, en este sentido, es una forma muy pulida de extractivismo sentimental.

Y ya que estamos hablando de medidas imaginarias pero necesarias, lancemos la propuesta más razonable de todas: prohibir viajar a los ricos. No por justicia poética —que también—, sino por salud urbana. Que se queden en sus paraísos fiscales, en sus chalés bunkerizados, en sus hoteles de siete estrellas, donde no pueden hacer daño más allá de su propio eco. Que no circulen, que no roten, que no exporten su poder adquisitivo devastador. Las ciudades necesitan un respiro, y nada oxigena más que la ausencia del dinero sucio.

Viajar menos no salva el mundo, pero lo jode un poco menos. Y con eso tendría que bastar.

01 febrero 2021

El mensaje en la botella y la escultura



“No soy competitivo, nunca lo he hecho con otros artistas. A cada uno siempre lo he considerado como una isla. Cada ser humano es único con una geografía delimitada dentro de un océano común. Yo soy una isla más, muy emocional, por lo que mi obra siempre responde a mi vida. No soy diferente, pero tampoco puede ser de otro modo. No intento ser el que tiene la verdad, porque ¿qué es la verdad? Ahora bien, me molesta la verdad oficial, lo que se supone que es lo que se tiene que decir o lo que se tiene que defender si quieres estar ahí. El mío siempre ha sido un camino paralelo y creo que ha funcionado bien para encontrar lo que buscaba”.

P: ¿Y qué es?
El viaje como concepto.

P: ¿Siempre tuvo claro lo de irse fuera para encontrar su lugar.?
Siempre he sido un extranjero y eso me mantiene vivo. Es como esos libros a los que vuelves una y otra vez, y cada vez lo haces de forma distinta. Algo parecido pasa con la escultura. No se mueve, lo haces tú. Es el lugar al que siempre puedes volver.

P: ¿Lo suyo es un tempo lento…?
Busco fabricar silencio y eso es algo esencial en momentos como estos, con tanto ruido mental y confusión, algo que ha venido repitiéndose en todos los finales de siglo. Hay demasiada polución de mensajes. Ya no sabemos si lo que decimos es de verdad una idea nuestra o ecos de otros. La escultura tiene un tempo que siempre es más lento que la cabeza.

La escultura tiene esa capacidad de hablar de lo inabarcable, de aquello a lo que aspiramos pero que nunca conseguimos. Algo que, siendo tan próximo al cuerpo, como la emoción, no lo podemos tocar. De ahí que trabaje con el rostro, que es la única parte del cuerpo que no podemos vernos.

P: Y la muerte. ¿La teme?
No. Einstein me ayudó en eso. Decía: “¿Para qué pensar en el futuro? Llega tan pronto”. Mi obra es un intento de celebrar la vida y enviar un mensaje de optimismo. Todavía somos capaces de reinventar, de crear algo. Sí, ya sé que me puedes decir: “Jaume, por el amor de Dios, ¿qué dices?”. El Mediterráneo parece un cementerio, la política se ha vuelto aberrante porque la mentira se ha institucionalizado. No sé, la lista es infinita, pero lo mismo diríamos de otros contextos. Hay niveles, de acuerdo. Pero, ¡hostia!, yo intento dar una salida. Ser destructivo es fácil, pero prefiero arriesgarme a decir: “Y esto, ¿por qué no?”.

P: O sea, sí hay que mantenerse puro.
"Tienes que mantenerte tal como eres. Cada ser humano es único y excepcional. Si no nos contamináramos con la información exterior, cada persona sería un genio. Porque una de las características clave de la información es que nos uniformiza. Por eso me habrá oído decir que con mi obra trato de generar silencio. Para que cada persona esté consigo misma, lo cual es más complicado de lo que parece."

"Una de las bellezas del arte está en que es inexplicable. Y sobre todo en que no sirve para nada. Esa fuerza que tiene es también una gran fuente de manipulación. Unos la utilizarán de una forma, y otros, de otra. Por eso siempre pido al espectador, machaconamente: confía en tu criterio. Así, si te equivocas, será con tus errores y no con los de otro. El arte no se debe entender. Debe emocionar. Yo, a veces, no entiendo una lengua, pero me conmueve escucharla porque tiene una belleza sonora extraordinaria. A menudo exigimos al arte algo que no necesariamente tiene que darnos de inmediato. Lo que se crea tiene un recorrido, y el espectador necesita su tiempo. Es como un mensaje en una botella, que según las corrientes puede tardar en llegar. Bueno, pues todos los mensajes son importantes. Todos pueden llegar. Todos pueden funcionar."

“Jaume, no olvides nunca que la memoria es más vasta que nuestros recuerdos” (Jose Angel Valente)

(Jaume Plensa: Entrevista)

18 marzo 2019

La ciudad solitaria (5)


No me gusta mucho viajar. No siento esa emoción de descubrir "otras culturas", todo es muy parecido en todos sitios, solo cambian los trajes regionales. El mundo se ha convertido en un parque temático: la ruta de las bodegas, la ruta de las grullas, naturaleza y ecología, la ruta de las películas de Almodovar, la ruta donde Napoleón perdió el catalejo. Cuando llego a un lugar de estos realizo disciplinadamente la actividad, siempre con un toque de humor y un maridaje de comida y bebida, eso que no falte. En las mas cutres intentan venderte una manta o algun cojin ergonomico........... Tampoco viajo para encontrarme a mi mismo, en realidad por eso no me gusta mucho viajar, porque tengo mas tiempo para encontrarme a mi mismo y estoy bastante cansado de mi mismo. Desplazarse llevando encima de los hombros el mismo cerebro es aburrido y algo pesado. Los mismos rollos en diferentes paisajes. No tengo esperanza en caer del caballo camino de Damasco, ni que me atraquen para darme cuenta de lo que tengo y no valoro. Mi escasa personalidad femenina no disfruta con la micrococina ni los tes exóticos, solo disimulo haciendo Hummmm, !que rico¡... mientras me como un trocito pequeño de lo que sea sin dejarme restos entre dientes, combatiendo mi legendario instinto de  deglución incontrolada con ruidos grotescos.
Para mi la única aventura es ir a comprar el pan, habrá mucha gente?, quedaran barras artesanas? la dependiente se acordara de que el pan troceado me gusta envuelto en papel?. Me dirá: Que tenga buen día?. Esto es aventura e incertidumbre, las variables de la vida cotidiana......... mañana me toca salir,  los voluntarios necrofilicos siguen vigilantes. !Que laboriosa vida.!

17 junio 2013

Al final siempre viajas con la esperanza de que el paraiso exista


“El viajero tiene que ser despiadado, pero el viajero sobre todo tiene que estar abierto de poros. Siempre se mira con ojos más grandes lo que está lejos, lo que pertenece a otros. No sólo con crueldad, también con admiración. Y la miseria, a veces, es hermosa, cuando no te roza. Es casi vergonzoso sentirlo así, pero creo que es inevitable

Siempre tengo la sensación de que me pierdo lo importante. Trato de viajar hurgando en aquello que a veces llamamos o llamábamos "auténtico", visitando lo que no está en las guías, yendo a bares a los que solo van locales, y, a pesar de mis problemas con los idiomas, conectando con la gente. Pero es imposible penetrar en una ciudad si se está de paso.

Lo que a mi juicio resulta más difícil de ver es aquello que vemos todos los días, lo que se convierte en costumbre. Por eso cuando damos la vuelta a los ojos y miramos por detrás, nos asombramos. Una de las personas que vive en esos pueblos me dijo que a la belleza también se acostumbra uno..

Lo que buscamos es lo que no tenemos. Nos parece que en otra parte siempre va a estar la felicidad. Y nos ponemos manos a la obra, cogemos carretera y vamos a buscarlo. Al final lo que nos queda es el viaje, en el sentido homérico, que acaba siendo lo único importante en la vida.

A partir de una determinada edad lo sustancial lo llevas contigo siempre. Si quieres arreglar grandes problemas cambiando de escenario, fracasas seguro. Porque el escenario, como decía Gil de Biedma, es la vida entera. Los viajes son más enriquecedores cuando uno no busca respuestas fundamentales en ellos. No obstante, da igual lo que pensemos (lo que yo mismo piense): al final siempre haces la maleta con la esperanza de que el paraíso exista. “

(Luisge Martin)

15 mayo 2013

La vida simple de Sylvain Tesson

"Creo que se puede medir el grado de libertad de una persona por el tiempo que necesitaría invertir antes de poder echar la llave y desaparecer".

"Las ciudades son experiencias provisorias que los bosques recubrirán algún día. "

Empezar a viajar compulsivamente fue un paso más en este proceso de escapar de la domesticación  de la mirada. Y, por descontado, de huir de uno mismo. En el viaje se produce una disolución del individuo en el paisaje y en la gente, es lo más antibiografico y antipsicologico que se me ocurre. 
Durante años lo abdujo una fiebre por devorar kilómetros  Coleccionaba paisajes, personas, novedades, aventuras. Un día se canso. Necesitaba parar y se lanzo al otro extremo; a la inmovilidad, al silencio, a la repetición. Había estado atesorando espacios y ahora quería ser dueño del tiempo."

"El unico lujo del ermitaño es la belleza."

"La gente clama por la libertad total pero si la consigue no sabe que hacer con ella"

"Llegar a ser un lucro cesante debería constituir el objetivo de las revoluciones."

"¿Que podemos hacer aquellos cobardes que deseamos la iluminación que trae el recogimiento y la naturaleza pero que no podemos vivir más de una semana sin respirar oxido de carbono y visitar la FNAC?.
Levantarte temprano y dedicar esa franja sagrada que son las primeras cuatro o cinco horas del dia en que tu mente no esta puncionada a mirar el cielo; a leer, a escribir, a meditar. Debes velar porque nada destruya esa ventana de tiempo"

10 noviembre 2010

Viajar es muy dificil




Dice Elias Canetti en Voces de Marrakech:

“No había leído nada sobre el país. Sus lugares me resultaban tan ajenos como sus gentes. Lo poco que a lo largo de una vida le llega a uno por los aires, de cada país y cada pueblo, se pierde en las primeras horas”

Si es que siguen existiendo los viajeros, a veces lo dudo, son esos que saben lo importantes que son las primeras horas y dejan que el lugar se los trague.

El turista podría aprovechar esa fortuna del recién llegado, pero suele estar demasiado informado, un gran inconveniente, además padece de poco tiempo y del síndrome del que va de paso; dolencia que consiste en mirar y mirar de una manera enfebrecida, con una mirada voraz que busca constatar exotismos, almacena oropeles repetidos y le hace creer que atrapó la esencia, cuando lo más que pudo alcanzar es a documentar con muchas imágenes el mismo prejuicio.

El viajero es raro, porque en nuestra época es muy difícil viajar. Para empezar porque no hay sorpresa, y todo lo que vamos a ver ya lo hemos visto. Viajaban quienes llegaban no muy lejos de su casa hasta el siglo XIX pero, a partir de entonces, aunque el traslado sea a la esquina más remota del globo, no sé si se puede decir con propiedad que se viajó: en todos los países existen espacios neutros e idénticos que nos harán sentir como si no hubiéramos salido, y el viajero siempre fue un terco que practicaba anacronismos impropios del individuo civilizado, como la incomodidad. El viajero es quien se puede permitir que sucedan cosas no imaginables de antemano, pero estos viajeros que me acompañan han decidido tenerlo, por una vez, todo previsto.

Los buenos viajeros son despiadados, recuerdo que decía Canetti, mientras salimos de Ouarzazate con un chofer Tuareg y transformados en turistas.

(Marta Sanuy)

13 julio 2008

Crear y viajar

"Crear arte es como viajar, es un modo de conocerte a ti mismo a través de circunstancias que no son cotidianas ni previsibles"

12 octubre 2007

El lugar de la nostalgia

"Podría ser verdad que observamos el mundo a través de unas historias y unas imágenes impuestas de partida. Es probable que salgamos de viaje, en busca de las ciudades o los paisajes, atrapados en el magnetismo de sus nombres y en las rememoraciones que estos despiertan. De cada ciudad o cada paisaje, sobre todo de aquellos que aun no han sido nombrados, el viajero guarda un relato heredado y otro personal: llega hasta allí prendido casi siempre de un mito. Las ciudades y los paisajes son, al fin, textos y no espacios físicos. El espacio físico donde el viajero cree moverse es solo una apariencia: el visitante tiene la impresión de pasear por las calles o andar por las tierras heladas, pero lo hace solo, o al menos un poco, por el relato que llevaba consigo, por el texto a priori. Los paisajes como las ciudades son narraciones, el lugar de la nostalgia en el cual se dibuja solo la divergencia entre el anhelo que se arrastra y la realidad que se encuentra." (Estrella de Diego)

11 junio 2007

El turista y el viajero

Entre el turista y el viajero la primera diferencia reside en parte en el tiempo. Mientras el turista, por lo general, regresa a casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra. El turista acepta su propia civilización sin cuestionarla y el viajero la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan.(Paul Bowles)

29 mayo 2006

La Hospitalidad

" La Hospitalidad entiende el encuentro con otra persona como un acontecimiento, como una oportunidad y una fiesta. Nunca como un problema." (R. Kapuscinsky)