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| (Agustin Fernandez Mallo) |
Desde que el mundo es mundo percibido por los humanos, lo que se suele llamar el inicio de los tiempos, en el eco profundo de los mitos que se han constituido, el ser humano ha arrastrado una pulsión tan enigmática y al parecer inevitable, que se ha repetido fuera donde fuere, en toda la extensión a lo largo y a lo ancho del globo terráqueo: la necesidad perpetua de crear algo que lo supere, de proyectar su propia sombra más allá de los limites de la materia biológica para engendrar una criatura dotada de voluntad propia hecha a imagen y semejanza del humano. Hoy, esa antigua ambición se manifiesta en una disciplina todavía sin nombre ni definición concreta, una suerte de neorreligión contemporánea donde se alzan apóstoles del progreso y detractores del apocalipsis.
“Es como una suerte de nueva teología. Se conforma con toda una serie de apóstoles que dicen, 'no, esto va a superar al ser humano y además va a ser beneficioso al 100% para el ser humano' y se conforma en el otro lado de la polaridad con verdaderos detractores que creen que será el fin del mundo”
Las inteligencias artificiales actuales actúan, en el imaginario del ensayista, como entidades desterradas de su “paraíso de origen digital”, que cargan con la maldición de encarnarse en el “mundo terrenal”. No son solo autómatas robots, pues pueden llegar a ser entes a los que se pretende dotar de una voluntad propia (una libertad espuria), repitiendo una vez más el gran misterio de nuestra especie: la necesidad constante de inventar una imagen material e hipertrofiada de nosotros mismos, atrapados en un perpetuo equilibrio inestable entre la realidad y la ficción.
“La desproporción energética que supone que mientras que el cerebro humano funciona con apenas 25 vatios, la modesta potencia de una bombilla corriente, capaz de generar arte y pensamiento profundo, mantener una conversación banal con una IA requiere el equivalente a la energía de una ciudad entera de 10.000 habitantes”. El autor reflexiona que lo que se está haciendo no es imitar la eficiencia biológica, sino “invertir recursos y energía en algo que no tiene nada que ver con la inteligencia”.
No obstante, el peligro actual adquiere matices inéditos. Según advierte el autor, la gran amenaza no reside en una “rebelión autónoma” de las máquinas, sino en la erosión de las democracias liberales a manos de grandes corporaciones tecnológicas que buscan infiltrarse en el seno de los Estados. “Los estados tienen ahora mismo una responsabilidad grandísima”, revela. “Las democracias liberales que todos conocemos quedarán a merced de una o de muchas IA. Pero ojo, las IA no funcionan solas, no tienen autonomía, aún no son ángeles caídos. Están controladas por personas, y ahí van a obtener dividendos a costa del planeta entero”
Subyace una última frontera inquebrantable que separa para siempre al algoritmo del ser humano: la materia. Frente a la ilusión de invocar un Dios digital que resuelva todos nuestros enigmas o nos otorgue una falsa inmortalidad, Agustín Fernández Mallo insiste en que lo verdaderamente constitutivo de nuestra especie es “la finitud biológica y el hecho mismo de nacer con un cuerpo vulnerable”.
“El ser humano tiene cuerpo”: “Lo que nos hace humanos es precisamente tener cuerpo, no que tengamos memoria”.
“Una inteligencia artificial puede recibir energía de manera indefinida y acumular petabytes de datos históricos, pero carece de carne, de heridas físicas y de la conciencia de su propia muerte”, indica.
Esta conciencia de la mortalidad es, según el ensayo, el motor secreto que nos impulsa a crear arte, ciencia y pensamiento complejo. “La entropía, el aumento de la entropía del universo, lo vemos en nuestro cuerpo, tenemos heridas [...] y eso es lo que nos hace tener un lenguaje complejo”
Esta conciencia de la mortalidad es, según el ensayo, el motor secreto que nos impulsa a crear arte, ciencia y pensamiento complejo. “La entropía, el aumento de la entropía del universo, lo vemos en nuestro cuerpo, tenemos heridas [...] y eso es lo que nos hace tener un lenguaje complejo”
Sin esa corporalidad nacida de la fragilidad, sin esa memoria arbitraria construida en el presente y sin la certeza de la finitud, la máquina solo posee historia de datos, nunca memoria viva. Con la intención del creador, una IA podrá fingir ser humana y actuar como un falso oráculo mecánico, pero por ella jamás pasará la experiencia de la carne y de la muerte, trazando así una línea ontológica definitiva que la mantendrá, por siempre, al otro lado del espejo.

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