23 febrero 2026

La biografia se ha vuelto superflua


(Ya no quedan vidas que narrar. Ilustracion de Pablo Amargo)

Antropológicamente, nos encontramos en la transición de un individuo que buscaba sentido en su interior —en la culpa o en la terapia— a otro definido desde fuera, a partir de datos. Si la ciencia del siglo XX intentó «curarnos» del vacío del alma con diagnósticos, el algoritmo del siglo XXI intenta «taponar» ese vacío con estímulos infinitos.

La biografía se ha vuelto superflua. No porque hayan desaparecido las experiencias ni porque el mundo se haya vuelto trivial, sino porque muchas vidas ya no necesitan organizarse como relato para funcionar. Durante siglos, narrarse fue una forma de orientación. El relato biográfico no era un adorno, sino una tecnología básica de supervivencia simbólica. Permitía sostener la ilusión de una trayectoria propia en un mundo incierto. Hoy, el relato estorba porque la eficiencia requiere datos, no historias.

Gran parte de nuestra vida hoy no necesita coherencia interna; se mantiene a flote gracias a procesos automáticos que gestionan lo básico. No es que hayamos perdido la capacidad de definir quiénes somos, sino que esa tarea nos parece un esfuerzo inútil. Hemos pasado de las identidades heredadas —aquellas etiquetas fijas de familia, clase o nación que cargábamos de por vida— a una identidad administrada, que descargamos y desechamos con la misma ligereza que una aplicación en el móvil.

Por primera vez, convivimos con una entidad que fabrica una «verdad» sobre nosotros sin haber vivido un solo segundo de nuestra realidad; es puro cálculo: no tiene biografía, no conoce la culpa ni arrastra contradicciones. No interpreta lo que sentimos; simplemente conecta puntos de datos desde fuera. Su poder no viene de comprendernos, sino de una vigilancia masiva que funciona. No solo nos dice qué desear, sino que nos suministra la identidad adecuada para ese deseo. No es que nos haya dejado vacíos, es que nos ha educado para que cada mañana elijamos el perfil que él ya ha predicho que vamos a consumir. Estamos asistiendo a una forma nueva de «atrofia de la agencia»: la pérdida real del control.

Hubo un tiempo en que los humanos no necesitaban narrarse: el sentido estaba garantizado desde fuera. Antes de que la vida exigiera un relato interior, bastaba con habitar un orden superior: Dios proveería. Pero con la institucionalización de la confesión —y más tarde con la moral moderna— aprendimos a contarnos para orientarnos, para justificarnos, para ser alguien. El relato personal fue una tecnología intermedia: nació cuando el sentido dejó de estar asegurado y el sujeto tuvo que producirlo por sí mismo.

Sin embargo, no debemos idealizar esa etapa. Michel Foucault ya nos advirtió de que esa «autenticidad» o «carácter» adquirido es, en realidad, otra trampa disciplinaria. Para él, narrarse no era «descubrir» una verdad oculta, sino fabricar un yo dócil que encajara en las expectativas sociales. Narrarse era, también, una forma de sujeción.

Pero lo que ocurre ahora supone un salto peculiar. Hemos vuelto a dejarnos caer en un nuevo orden. Pero hay una diferencia abismal entre este narrador y el nuevo Capataz Digital. Si con Foucault nos fabricábamos a nosotros mismos para el sistema, ahora el sistema nos fabrica a nosotros sin nuestra participación.

Cuando delegamos nuestra vida en este nuevo «otro», no estamos regresando a la confianza religiosa, sino cayendo en una eficiencia corporativa. El algoritmo no quiere salvarnos, quiere predecirnos. Y para que la predicción sea perfecta, el ser humano debe dejar de ser impredecible; es decir, debe prescindir del libre albedrío.

No dejamos de vivir; dejamos de sentir que lo que vivimos depende de nosotros. Eso es una existencia gestionada. Renunciar a la tarea de narrarnos no nos conduce a un retorno al espíritu; al contrario, a la red le cuesta procesar personas espirituales. Sin embargo, no son irreducibles: venderá tu «autenticidad espiritual» como un perfil más, convirtiendo el alma en un «desvío ilusorio» dentro de su perímetro calculado.

La providencia divina exigía fe, pero otorgaba un propósito moral; el sufrimiento tenía un «para qué», había un sentimiento de un plan bondadoso. La asistencia algorítmica no ofrece sentido, solo ofrece función.

No nos han robado el alma. El problema es más radical: para funcionar con eficacia, el entramado técnico necesita sujetos desalmados, cascarones biológicos vacíos. Para prosperar en un mundo de máquinas y algoritmos, tener alma puede convertirse en una desventaja evolutiva, mientras que carecer de ella sea, precisamente, la adaptación perfecta.

El «otro» no nos ordena, no nos persuade, no nos amenaza. Simplemente anticipa. Evita el conflicto de elegir, el desgaste de dudar. Pero al eliminar el conflicto, nos elimina como autores. Sin la fricción de la duda, sin el riesgo del error propio, la voluntad se atrofia y no produce tragedias épicas, sino ansiedad difusa, apatía, una sensación persistente de estar presentes sin ser protagonistas.

Al soltar el relato no caemos en la terrorífica realidad desnuda como antaño, sino en una red de asistencia invisible. El vacío que tanto temíamos no ha quedado expuesto: ha sido tapizado. Y, sin embargo, bajo ese tapiz suave, la ansiedad crece. ¿Por qué sentimos esta inquietud si todo funciona tan bien? Porque la ansiedad no es un fallo de la estructura, sino el efecto secundario de que funcione demasiado bien. Te ha borrado a ti de la ecuación. Nadie está contigo. Estás solo y ansioso.

Aquí está la trampa final: la indefensión aprendida. Hemos aceptado que nada de lo que hagamos cambiará un futuro que ya está escrito en el código. Y cuando esa angustia se vuelve insoportable, el sistema no nos devuelve el control, nos da química. Los antidepresivos no están ahí para curarte, sino para que tu cerebro siga siendo compatible con el entorno; son el lubricante necesario para que el cuerpo aguante horas de estimulación digital —la auténtica droga— sin romperse. La realidad es que nos estamos convirtiendo en una especie que necesita asistencia farmacológica para que su cerebro analógico no colapse en un entorno digital.

Para no perder el control del perfil, el algoritmo nos concede incluso la ilusión del desvío. Puede ofrecernos ser otros, explorar una diferencia, pero siempre dentro de un perímetro calculado. Lo que se nos ofrece no es una apertura real hacia lo que podríamos llegar a ser, sino una variación segura de lo que ya somos. No hemos cambiado la opresión por la libertad, sino la responsabilidad por la asistencia.

El precio de esa asistencia es otro tipo de humanidad.

Tal vez el Capataz Digital sea la siguiente respuesta evolutiva a una fractura que Freud ya intuyó: el inconsciente no conoce la muerte ni el tiempo, se cree inmortal; pero el yo consciente sí procesa la finitud, y esa brecha, que no es accidental sino estructural, genera una angustia que solo «otro» puede tapar.

Dios, el carácter, el algoritmo: siempre dependeremos de algún «soporte», pero la forma y la naturaleza de esa dependencia mutan radicalmente con cada época.


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