14/4/16

Casares y el carterista






..........el relato de aquel viaje a Madrid en coche, cuando se detiene y recoge a un autoestopista. Es un hombre afable y hablan cordialmente, hasta que un guardia de tráfico les da el alto. Han sobrepasado el límite de velocidad y les multa. Casares trata de evitarlo, recurriendo a todos sus recursos, pero el guardia se muestra insensible. Reanudan el viaje, pero la conversación ya ha perdido encanto. Cuando llegan a Madrid, Casares detiene su coche y sale a despedir a su acompañante. Este le agradece su generosidad y le entrega una tarjeta en la que, junto a su nombre, y en el lugar destinado a la profesión, aparece la palabra carterista. Casares se pone nervioso y no puede evitar llevarse la mano a su costado para comprobar si su cartera continúa en el bolsillo. Sí, continúa, pero el gesto no pasa desapercibido a su compañero. Él se da cuenta y trata de disculparse, pero este le dice que no tiene importancia. Es un carterista, como dice la tarjeta, pero jamás habría empleado sus habilidades con alguien como él. Es más, para demostrar que es cierto lo que le dice, quiere hacerle un regalo. Entonces se mete la mano en el bolso y le entrega a Casares, para su sorpresa, la libreta en que el guardia había anotado sus datos para multarlo.

4/3/16

Pastillas contra la vida

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“Si uno dejara de albergar esperanzas, se ahorraría un montón de decepciones”

“Tenemos que estar contentos con lo bien que vivimos, dice la gente, la mayoría vive peor. Y luego toman pastillas contra el insomnio. O contra la depresión. O contra la vida”. (Últimas notas de Thomas F. para la humanidad). 

“Todo podía suceder. Y allí estaba, en la acera de enfrente, el viejo profesor Storm, del instituto. «Felix», grité, pero estaba tan poco acostumbrado a usar la voz que no me salió gran cosa. Nos separaba un denso tráfico, y ni él ni yo nos atrevíamos a cruzar la calle, habría sido estúpido perder la vida de pura alegría, cuando me había aguantado sin ella durante tanto tiempo.”

25/2/16

Escribo para escribirme yo

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«No estoy escribiendo para ningún lector, ni siquiera para leerme yo. Escribo para escribirme yo, es un acto de autoconstrucción. Aquí me estoy recuperando, aquí estoy luchando por rescatar pedazos de mí mismo que han quedado adheridos a mesas de operación, a ciertas mujeres, a ciertas ciudades, a las descascaradas y macilentas paredes de mi apartamento montevideano, que ya no volveré a ver, a ciertos paisajes, a ciertas presencias. Sí, lo voy a hacer. Lo voy a lograr. No me fastidien con el estilo ni con la estructura: esto no es una novela, carajo. Me estoy jugando la vida». (Mario Levrero)

14/9/15

La perdida del paraiso y los nacionalismos

(Edward Munch:Melancolia)
  P.¿Por qué se dice que México es un país melancólico?
R. Porque el canon asumió que el mexicano es un ser melancólico. Pero no es una idea sólo mexicana. Forma parte de la definición de la identidad nacional en muchas partes del mundo. Está la melancolía de la pérdida de las colonias en la Generación del 98 en España, el spleen en Inglaterra, la saudade en Portugal. Es un concepto antiguo, por eso lo que caracteriza la melancolía de un portugués es lo mismo que caracteriza la de un mexicano, la misma sustancia negra de la nostalgia por un pasado perdido. Es la tristeza de la pérdida del paraíso original, algo que tienen en común todos los nacionalismos.

Una particularidad importante es que en la España medieval se asociaba la melancolía a la población judía. Pero donde se da un desarrollo enorme del concepto es en el Siglo de Oro. En las ciencias naturales, en la filosofía, en la literatura y de manera destacada en el Quijote de Cervantes. Posteriormente la Generación del 98 es una matriz de melancolía que influye en la literatura española y desde luego en los escritores mexicanos, en primer lugar Octavio Paz. Lo que para los del 98 fue la pérdida del Imperio, en la cultura mexicana es la pérdida del supuesto edén originario, el pasado prehispánico del que subsiste sólo la figura del indio triste.

P.¿Por qué ha insistido en la conexión de la modernidad con la melancolía?
R. Tradicionalmente se ha pensado que la melancolía es un sentimiento antiguo, característico del romanticismo como queja ante el capitalismo. Pero si se examina bien es un sentimiento que está dentro de la modernidad. El propio Max Webber desarrolla la idea como parte del espíritu capitalista. La melancolía es exaltada desde los albores del capitalismo: Hamlet es el gran melancólico inglés. El capitalismo no llega sólo con un aura de modernidad que traerá la felicidad y a un hombre nuevo. También llega teñido de negruras y espíritu saturnino.

P. ¿Y ahora la melancolía ha pasado de moda?
R. Ha adquirido tonalidades nuevas. Ya no se le llama melancolía sino síndrome bipolar o enfermedad maníaco-depresiva. Es la época del combate contra la depresión, de la expansión del sentimiento de soledad, que crece enormemente en los centros urbanos. Podemos decir, por ejemplo, que Estados Unidos desprecia el sentimiento de melancolía, pero al mismo tiempo reconoce su presencia en todos los polos de la sociedad. Yo creo que es un elemento central de su cultura.

P. ¿Ha oído que las redes sociales van a disolver la identidad?
R. Lo he oído, pero no lo entiendo muy bien. La cultura de las redes implica una hiperconectividad pero también una extrema soledad, la soledad de un individuo ante una pantalla, mucho más conectado que antes pero más solo que nunca.


10/9/15

El azar y el orden. La pintura y la escritura

 

....el lenguaje, en tanto que depende del sentido común, altera el motivo particular con respecto a la receptividad general. Al renunciar a la escritura, que se prestaba constantemente al malentendido, me constreñía a no pronunciarme de otro modo que mediante el cuadro, exponiéndome a hacer sentir mis visiones a mis contemporáneos antes que a hacérselas comprender.

Ningún contenido de experiencia se puede nunca comunicar más que en virtud de rodadas conceptuales excavadas en los espíritus a través del código de los signos cotidianos. Y a la inversa, este código de signos cotidianos censura todo contenido de experiencia. Desenlace: la imagen, el estereotipo. El estereotipo tiene una función de interpretación ocultadora. Pero si se la acentúa hasta la desmesura, viene él mismo a operar la crítica de su interpretación ocultadora.

Nos encontramos aquí con el problema de lo arbitrario, del azar y de la necesidad. O sea, el problema del juego. Hay una necesidad de jugar. Pero al jugar se experimenta lo contrario. Si no hubiera contrario, no se podría jugar. Comenzamos a jugar porque creemos que hay un azar. Y después entramos en un orden del que no podemos escapar.

En el hombre, el origen de la creación es la necesidad de redimir su existencia. Se le ofrece una abundancia tal, que lo aplasta si no logra encontrar una réplica a esta riqueza agobiante. Así, busca constantemente crear el equivalente de esta riqueza.

(Pierre Klossowski)

9/9/15

La sopa a la misma hora

 Cesare Pavese



Cesare Pavese tenía seis años cuando su padre murio de un tumor cerebral a la edad de cuarenta y siete años.

Se quedo solo, con su madre y su hermana mayor, Maria. Vivirá hasta su muerte en casa de su hermana, que le servirá la sopa siempre a la misma hora. Antes de dar a luz a Cesare y a Maria, la madre habia tenido tres hijos, muertos cuando eran aún muy niños.

"No es verdad que la muerte nos llegue como si se tratara de una experiencia frente a la cual todos somos novicios... Todos antes de nacer ya estabamos muertos (El oficio de vivir)

En Turín, en agosto de 1950, Cesare Pavese se suicida. Tiene cuarenta y dos años. 

"Sólo veo colinas y para mí, cercanas o alejadas, llenan el cielo y la tierra con sus costados dibujados con firmeza"

"Hemos nacido para vagar por estas colinas, sin mujeres y con las manos en la espalda". 



8/9/15

Los boligrafos y Margaret Thatcher

 

En el centro de salud, en el mostrador donde te dan la citas, trabaja una señora antipatiquísima, de color verde, baja, delgada, pero casi gorda. Me cae de maravilla. Viste como Margaret Thatcher, se peina como Margaret Thatcher, y tiene las mismas pulgas que Margaret Thatcher. No puede decirse que no sea en algún sentido Margaret Thatcher. Nunca da los buenos días, ni sonríe, ni te dice adiós. No le echaría una cuerda si se estuviese ahogando. Definitivamente, se parece muchísimo a Margaret Thatcher, de quien recuerdo que Christopher Hitchens decía que era una mujer bastante sexy. La señora del centro de salud también es sorprendentemente sexy, pese a su color, su estatura, su peso y a que no tiene un pelo bonito, ni unas facciones sutiles, ni unos gestos magnéticos. Pero es sexy, al menos en el sentido irreal que lo era Thatcher.

Pese a ser una persona muy maleducada, a mí me resulta terriblemente simpática. Simpática a más no poder. Y todo porque le pone nombres a sus bolígrafos. Esa clase de ridiculez me fascina. Me parece algo tan estúpido, que me gusta. No lo puedo evitar. Admiro a las personas que bautizan los objetos, hasta los más insignificantes, como unas tijeras o una linterna. Hace pocos supe que Thomas Edward Lawrence (Lawrence de Arabia) tuvo siete motocicletas, y a todas ellas las llamó George, en honor a su amigo George Bernard Shaw. Con George VII sufrió un accidente y se mató. Final más bonito no se puede planear. Pero más innovador que T.E. Lawrence fue David Herbert Richards Lawrence, el autor de ‘El amante de Lady Chatterley’, novela que consagra momentos irrepetibles, como cuando el autor bautiza los genitales de Constance y Mellors como lady Jane y John Thomas.
Cuando voy a pedir cita, alguna mañana escucho cómo Margaret Thatcher —vamos a llamarla así— le dice a su compañera: "Pásame a Tobías". "Quién es Tobías?", le pregunta la chica de color beige, alta, gorda, aunque casi delgada, que se sienta a su lado. "El boli rojo", le aclara la señora  antipatiquísima, con ese tono cansado que se te pone cuando  repites  un  millón  de veces que Tobías es el puto boli rojo.

La gente desagradable, sin empatía con los demás, hacia los que experimenta un desprecio que no sabe disimular, me produce una enorme atracción y curiosidad, intensificada por el hecho de que a menudo trabaja en departamentos de atención al público, al que odia. Habitualmente son individuos de pocas palabras. Miran de soslayo, usan los silencios —cortos, medios, eternos— con gran propiedad, que solo quiebran con suspiros profundos. Muy profundos y oscuros. Evocan ciertas formas rotundas de la técnica, como un martillo o la bomba de Orsini. Ostentan un repertorio amplio de gestos. Si tienen que decir "sí", se limitan a asentir con la cabeza, como si negasen, en realidad. En cambio, si tienen que decir "no", prefieren decir "imposible", para abreviar. Tal vez tengan facilidad de palabra, pero nunca hacen uso de ella, por seguridad. Su punto fuerte es la mímica. No hay que meter una frase, según su filosofía, donde cabe un gesto.

Nunca ha visto a alguien que farfulle de modo tan atroz y poético como Margaret. "Pff", "buurrr", "ufff", "grr". En el fondo, hace haikus. Ella da por hecho que entiendes su idioma, con el que te dice, siguiendo el hastío de Marlene Dietrich, que "si pudieras marcharte ahora y volver hace diez años...". No sé por qué, pero a mí eso me encanta. Me hace reír. Me casaría con ella. Nunca me haría caso, y yo no tendría que devolvérselo. Es como el protagonista de ‘Chicago, año 30’, donde el abogado Thomas Farrell pone sus servicios a disposición de Rico Angelo, el gánster más poderoso de la ciudad. En un momento dado, el letrado le espeta a su cliente: "Me ocupo de tus negocios, Angelo. Incluso defiendo a tus hombres, pero me niego a comer contigo".