28/1/08

Los Tumbados

Recordé que, siendo yo niño, iba limosneando por las casas una mujer cuyo marido, maestro albañil con seis lustros de experiencia, llevaba tumbado desde hacía nueve años. Nada excepcional había ocurrido en su vida. No había habido ningún desengaño, tendencia a la depresión o conflicto laboral o doméstico. No, a aquel hombre le había sucedido lo que a otros: que una mañana, sin anuncio previo, sin razón aparente, sin el menor síntoma de enfermedad o malestar, y en perfecto uso de sus facultades mentales, había decidido quedarse en la cama indefinidamente. Inútil era animarlo o persuadirlo a la acción, ni nadie lo intentaba, porque todos sabían que aquélla era una tragedia que carecía de nombre, de causa y de remedio, que le puede ocurrir a cualquiera, y que era tan inevitable como el rayo o la lluvia. Y tampoco a nadie se le pasaba por la cabeza acusar al postrado de molicie o locura, ya que en última instancia se trataba de designios de Dios o del destino y como tales había que recibirlos. Sólo restaba, pues, condolerse, resignarse e intentar salir adelante como mejor se pudiera. Les llamaban así: los tumbados, y que yo sepa no hay muchas noticias sobre ellos.

Aquella limosnera iba de puerta en puerta vestida de luto y con el estribillo: "Una caridad para esta pobre mujer que tiene seis hijos y a su marido tumbado desde hace ya diez años". Y la gente le daba algún socorro la animaba a la esperanza y a la fe. Una vez contó el origen de su adversidad y, por lo que yo recuerdo, deduzco que el suceso no vino precedido por señales, sino que la propia víctima fue la primera en quedar atónita e indefensa ante la irrupción de la desgracia.

Parece ser que este tipo de fenómenos sobrevenía por la mañana, a la hora de levantarse, y que el indicio precursor no debía de ser otro que un silencio tozudo a los requerimientos de la esposa, que lo apremiaba al desayuno. A la tercera o cuarta llamada, es de suponer que ella, con ese instinto certero y casi voluptuoso que algunas mujeres suelen tener para las desdichas, se apresuraría al dormitorio, volvería a llamar al hombre de su vida, y como tampoco esta vez obtuviese respuesta, comprendería de golpe que acababa de consumarse una catástrofe familiar. Desde ese momento fatídico, tenían a un tumbado en casa, con todo el infortunio, no exento de orgullo, que esto significaba. Porque lo más impresionante de estos dramas era el respeto y la adhesión con que los acogía la comunidad.

Se daban estos casos en familias humildes y siempre, infaliblemente, el tumbado era un hombre, por lo general laborioso Y de espíritu manso y ejemplar. Se iniciaba entonces un proceso de desenlace imprevisible. Acudían los vecinos a acompañar en la desventura, a dar una especie de pésame y a reunirse en torno al tumbado en un acto muy, parecido a un velorio sin muerto, o con el muerto vivo. Si alguien, desinformado, se interesaba por lo ocurrido, recibía por respuesta: "Nada, que Fulano se ha tumbado", y el otro movía desalentado la cabeza y decía: "Vaya por Dios".

Luego, la historia del tumbado se diluía en el tiempo. A veces le duraba la decisión toda la vida; y a veces, a los dos, cuatro o doce años, un día se levantaba y retomaba su actividad de siempre. "Fulano se ha levantado", se corría la voz entonces, y en todas partes se le recibía con naturalidad e incluso con admiración.

Una vez vi a un tumbado. Llevaba sólo tres años en la cama, y no debía de haber cumplido los cuarenta. "¿Cómo va eso?", le preguntó mi madre. "Aquí andamos con lo nuestro", dijo él. Sufría de un apetito montaraz. Continuamente pedía de comer, y nada le satisfacía. "Parece que no tiene fondo", nos confesó, sobrecogida, su mujer. Dedicaba el tiempo, además de a la pitanza, a mirar al techo, a recabar información sobre si era buen año de perdices y liebres, a escuchar la radio y a suspirar de tarde en tarde. Según atardecía, se fue animando desde la penumbra y se puso a recordar episodios lejanos de su vida, casi todos irrelevantes y festivos. Me impresionó su dignidad y, sobre todo, que aquella postración no parecía un descanso, sino una última y misteriosa forma de trabajo: allí estaba, laboriosamente echado, concentrado en su tarea ciclópea y ofreciendo el formidable espectáculo de una quietud que evocaba la de Job ante un destino fatal e incomprensible. (Luis Landero)

Mi vida

"Mi vida se habia detenido subitamente. Podia respirar, comer, beber, dormir. No podia evitar que eso fuera así; pero en mí no había verdadera vida" (Leon Tolstoi)

26/1/08

Mendiga voz

Y aún me atrevo a amar
el sonido de la luz en una hora muerta,
el color del tiempo en un muro abandonado.

En mi mirada lo he perdido todo.
Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.
(Alejandra Pizarnik)

18/1/08

La Vejez

"Es una de las formas del insomnio"

"Ahora me siento más sereno que cuando tenia 24 años. Claro, a esa edad uno trata de ser Hamlet, de ser Byron, de ser Baudelaire, de ser algún personaje de una novela del siglo pasado y uno cultiva la desdicha. Después uno se da cuenta que a la desdicha no es necesario cultivarla, se la encuentra sola..."

(Jorge Luis Borges)

El Hecho estético

"La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo nos dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético" (Jorge Luis Borges)

7/1/08

Budismo occidental

"Una suerte de "budismo occidental" se presenta ahora como remedio contra las tensiones de la dinámica capitalista. Ello permitiría que nos desengancháramos y conserváramos la paz y la serenidad interior, y funcionaría como un complemento ideológico perfecto [del capitalismo].
La gente no es ya capaz de adaptarse al ritmo de progreso tecnológico y a las transformaciones sociales que lo acompañan. Las cosas cambian muy rápidamente. El recurso al taoísmo o al budismo ofrece una salida. En vez de intentar adaptarse al ritmo de las transformaciones, es mejor renunciar y "dejar ir", manteniendo cierta distancia interior en relación a esa aceleración, la cual nada dice sobre el núcleo más profundo de nuestro ser". (Slajov Zizek)