14/12/10

Lo breve


Desde siempre he estado abocado a la brevedad: por carácter, por afición, por convicción y también por una elemental cortesía hacia el lector (prefiero ahorrarle los tiempos muertos, las genealogías, los lugares comunes, los detalles intrascendentes). Incluso mi único libro de poemas, del año 1992, es una colección de haikus.

Mi opinión es que basta lo suficiente. Unas pocas páginas, o unas líneas, pueden mostrar la esencia de algo; ya lo amplificará después el lector en su mente.

Además, reconozco que me fascina el relato como miniatura, como mecanismo de precisión, como piedra pulida, como botellita que encierra un mundo, como armazón geométrico que esconde imágenes fulgurantes; me apasiona esa maravilla de lograr algo en lo que no sobra ni falta nada, esa contención del lenguaje que requiere lo breve, esa tensión narrativa, el vértigo de su historia, de su composición o de su sentido último, esa autonomía radical en definitiva.

Recuerdo a propósito un aforismo de Lichtenberg: “Para romper ventanas, siempre uso monedas de dos centavos”

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